Cine

‘Neverending Story’: la brillantez de una escena

Tiene algo mágico la vuelta al origen. No en vano, es una etapa recurrente en el viaje del héroe: el regreso al punto de partida con el aprendizaje y la sabiduría que ha conllevado el periplo. Desde el punto de vista artístico, cada vez son más las obras o creadores que, habiendo triunfado, se embarcan en un retorno a sus inicios, no en busca de una suerte de redención o cierre de ciclo, como haría el héroe de Campbell y que hemos podido ver culminado en Luke Skywalker, Tony Stark o, de manera quizás algo más torpe, en Jon Nieve, sino como un intento de reeditar lo que les encumbró y les hizo brillar, algo patente en El Despertar de la Fuerza, Sekiro o, más recientemente, en la tercera temporada de Stranger Things.

La ya veterana serie de Netflix (recordemos que su estreno fecha hace tres años) parece haberse convertido oficialmente en un proyecto a largo plazo, algo que no sorprenderá a nadie teniendo en cuenta sus datos de audiencia. No obstante, esta última temporada parece haber sido una de las más polarizantes dentro del fandom, y es que volver al origen es un arma de doble filo; al fluir natural de las dinámicas entre personajes y lo bien que funciona la premisa de “historia sobrenatural ochentera adolescente” se le adhiere una lacra propia de estos pseudoreboots: la sensación de hipérbole y repetición cuando no se tratan con la suficiente delicadeza.

Sin ánimo de confundir a nadie, vaya por delante que Stranger Things 3 me ha gustado, me ha encantado, tanto o más de lo que me atrapó su temporada de debut. Fríamente, no puedo negar que la premisa me ha parecido perezosa y su ejecución, algo torpe. Emocionalmente, tampoco puedo esforzarme en ocultar que me hayan terminado de enamorar personajes como Hopper o Steve, y que su último episodio se haya quedado conmigo para siempre. Un capítulo final que tiene, además, una de las mejores escenas que he visto nunca en televisión.

A partir de este punto, habrá spoilers de la tercera temporada de Stranger Things.

Si habéis seguido leyendo, entenderé que tendréis marcado como “visto” el último capítulo en vuestras listas. Aun así, pongámonos en contexto: en La batalla de Starcourt todas las subtramas confluyen y el elenco de personajes se reúne finalmente, al menos de forma momentánea y como una suerte de respiro, para volver a separarse en tres grupos: Hopper, Joyce y Murray en misión de infiltración; Steve, Robin, Erica y Dustin como guías desde el transmisor de este último; y el resto del grupo con el objetivo de escapar a lugar seguro. Como no podía ser de otra manera, nada sale exactamente según lo planeado, y alrededor de la mitad del episodio nos encontramos con Jonathan, Nancy, Will y Lucas, a quienes se les han unido Steve y Robin, perseguidos por el Azotamentes; Hopper y Joyce intentando -sin éxito- acceder a la caja fuerte que guarda las llaves de anulación del aparato que mantiene abierto el portal; y Dustin, junto a Erica, quien ha llegado a la conclusión de que la única manera de conseguir la contraseña para la caja fuerte (la constante de Planck) es contactar con su amor de verano: Suzie.

A partir de este momento comienza una de las escenas más brillantes, redondas e inspiradas que he tenido la suerte de ver, y que recomiendo repaséis antes de seguir leyendo.

Reconozco que tardé demasiado tiempo en apreciar el valor de la autoconciencia. Ya sabéis, lo contrario (en el arte) a la pretenciosidad y el motivo por el que las películas de Marvel han funcionado desde el principio mucho mejor que las de DC. Siempre me he vanagloriado al decir que no hay desdicha en humildad, que no es indigno vivir conforme a tu realidad y que lo realmente desafortunado es pretender ser algo que no eres. Stranger Things es una serie de ciencia ficción pulp, regocijada en una cierta idealización de los años ochenta y cuyos personajes tienen más carisma que personalidad. Nada de ello es necesariamente negativo, siempre y cuando la obra sea consciente de ello. Es aquí donde reside el valor intrínseco de estos tres minutos mágicos, un mensaje en luces de neón a la cara del espectador: “esto es lo que somos, lo sabemos y nos sentimos orgullosos de ello”.

Cuando Dustin entona tímidamente la primera estrofa de Neverending Story, lo que se avecina parece un momento de incomodidad y puro cringe, y lo cierto es que, desde el punto de vista diegético y estricto, lo es. No obstante, hay algunas claves que hacen de esta escena un instante único.

Tal y como recuerdo haberle escuchado a Jaime Altozano, uno de los principales propósitos de una banda sonora es marcar el tono, decirle al espectador cómo se debe sentir en cada momento. La versión de Neverending Story cantada por Gaten Matrazzo y Gabriella Pizzolo (actores de Dustin y Suzie, respectivamente) es un cover con todas las letras, una versión ensayada y preparada que, en mi no tan humilde opinión, supera por momentos a la original. Además, viene sustentada por un acompañamiento instrumental extradiegético que la enfatiza, que marca la canción como el elemento principal de la escena.

Otro elemento clave es el montaje. Los contrapicados y el movimiento lento de la cámara en Dustin y Suzie aportan una emocionalidad a la escena que contrasta con la comicidad de esos primeros planos estáticos de los demás personajes, impactados e incrédulos ante lo que están escuchando y cuyas reacciones son incluso antinaturales, como si fueran conscientes del absurdo de lo que están viviendo. Se rompe así, incidentalmente y con maestría, la cuarta pared. Todo está al servicio de la escena y más allá: al servicio de una obra que, por momentos, nos habla directamente a través de sus elementos. Me vais a permitir que recalque la imagen de Steve y Robin completamente pavorizados, pero no por el monstruo interdimensional de quince metros que les persigue, o la de Hopper mirando al infinito, incapaz de responder y aparentemente ajeno al hecho de encontrarse en una base secreta soviética. Pura y dura comedia del absurdo.

Por último, y como es habitual en el arte y en la vida, el timing lo es todo. Parafraseando a otra Robin: “si tienes química solo necesitas timing, pero el timing es una puta”. Si la escena brilla con luz propia es por dónde se encuadra: nada menos que en el clímax de la temporada y en uno de los instantes críticos del episodio. Es por ello que resulta tan efectiva; qué mejor momento para la autoconciencia que cuando la obra más se presta a ser pretenciosa, coincidente con el fragmento más dramático y climático.

Neverending Story‘ es cine, maestría audiovisual y la prueba de que los hermanos Duffer son un activo esencial para el devenir de Stranger Things. Personalmente, la serie tiene mi voto de confianza para próximas temporadas, no solo desde el punto de vista artístico sino creativo, más aún después de la confirmación de que la siguiente etapa será “muy diferente” y se alejará de Hawkins.

Al parecer, la vuelta al origen le ha servido a la serie para volar finalmente. Una nueva aventura que, esperemos, sepa cuándo aterrizar y no se convierta en una verdadera historia interminable.

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