Psicología, Videojuegos

El hechizo de Death Stranding

Reconozco que Metal Gear es una de mis asignaturas pendientes. Quizá lo sea el propio Hideo Kojima, ya que tampoco me he acercado nunca a sus otras obras de menor calado, y tratándose de una de las figuras actualmente más influyentes de la industria, probablemente merezca un rapapolvo.

Y, pese a ello, siento una irrefrenable atracción hacia Death Stranding. No hasta el punto de revisionar los tráileres incontables veces, leer hasta el último artículo publicado o activar las notificaciones en mi móvil para estar al tanto de la última comida del director japonés. Pero sí como para no perderme cualquier imagen o vídeo, buscar cada poco tiempo nueva información o estar empezando a justificar su compra de salida con la cercanía a mi cumpleaños. Y es que el que promete ser el gran exclusivo de PlayStation para este 2019 tiene algo, un encanto mágico, una suerte de hechizo extrañamente poderoso e imposible de describir.

O puede que no tanto.

Recuerdo ver el tráiler de lanzamiento de Death Stranding -hace nada menos que tres años- con la misma fascinación y estupor con los que encaré el propio gameplay mostrado en la Opening Night Live de Gamescom, esta misma semana. Ya por aquel entonces quedé prendado de un misterio verdaderamente opaco pero a la vez carismático, atrapante. De un tiempo a esta parte, la información que nos ha ido llegando lo ha hecho a cuentagotas, sin ser ni mucho menos clarificadora sobre sus mecánicas, su mundo o su guión. Curiosa y paradójicamente, a esta creciente incertidumbre le ha acompañado una progresiva y generalizada expectación, atreviéndome a pensar que no soy ni mucho menos el único que va a iniciarse en Kojima (y con ganas) con su nuevo título.

Desde el punto de vista más pragmático podría considerarse esta inaudita ambivalencia e inconcreción como una estrategia de marketing perfectamente orquestada, aunque los que conocemos al responsable detrás de todo ello (incluso los que no nos hemos sumergido en sus obras) creo que estamos más que convencidos de las genuinas inquietudes artísticas y creativas que se esconden detrás. Ésta es, en un símil vago y fácil que el lector deberá permitirme, la varita que canaliza el hechizo que envuelve Death Stranding: la expectativa.

Son un fenómeno verdaderamente mágico las expectativas. No en vano, un efecto terapéutico científicamente constatado como es el del placebo se basa en ellas, e incluso el rigor de experimentos que incluyen muestras y examinadores humanos plantean lo que se conoce como “ensayos a ciegas” para paliar su posible influencia sobre los resultados. Por su parte, las llamadas profecías autocumplidas, o moldeamiento inconsciente del propio comportamiento para cumplir nuestras expectativas, son un fenómeno ampliamente estudiado en psicología social y educativa, y gran parte de los sesgos cognitivos, o interpretaciones erróneas a una información determinada, tienen su origen en las expectativas personales.

Se suele decir que los seres humanos somos incapaces de vivir en el presente, emplazándose nuestra vida mental continuamente en el pasado y el futuro. No en vano, aunque de manera algo reduccionista, dos de los trastornos más comunes e incapacitantes entre la población como son la depresión y la ansiedad se generan precisamente por una sobrefijación en el pasado y en el futuro, respectivamente. Sin embargo, también hay una cara positiva. Recuerdo atribuirle al recientemente fallecido divulgador Eduard Punset la frase “la felicidad está en la sala de espera de la felicidad“, una afirmación que no podría estar más acertada; nuestro bienestar aumenta conforme avanza la semana por esa quedada con nuestros amigos que hemos planeado para el sábado, nos levantamos de mejor humor en un día de trabajo por el viaje que haremos el mes que viene y que tanto nos apetece, y ese paquete que no nos ha llegado pese a que hemos estado todo el día en casa no parece tan urgente cuando esa misma noche estrenan el último episodio de nuestra serie favorita.

Son, pues, las expectativas un fenómeno tan poderoso como peligroso, e indudablemente fascinante para quienes sientan cierta inquietud por el funcionamiento de su psicología, más aún para los que hemos decidido dedicarnos a ella.

Aplicado al tema que nos ocupa, no puedo por menos que sentir cierta preocupación porque un producto base, incidental o explícitamente, su profetizado éxito en la pura expectativa. Cierto es que la mente creativa detrás de todo ello es la responsable de una de las sagas más célebres y relevantes de la industria, que sus valores de producción -demostrados en el reparto, los escenarios o las animaciones faciales- auguran un resultado a la altura de una superproducción y que, desde luego, la promesa de un título original e innovador parece cumplida por antonomasia. Desde luego, hay lugar para la esperanza.

Personalmente, solo espero que la obra esté a la altura de las expectativas que, a propósito o accidentalmente, ha creado. Que otorgue un resultado, si bien no revolucionario, al menos significativo. Que llegado el momento, cuando las manecillas marquen las doce en el reloj, el hechizo no se haya deshecho.

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