Videojuegos

De cómo Elite: Dangerous despierta mi afán explorador

Hace poco volví a ver Interestellar. Pese a la avalancha que han supuesto Marvel y Star Wars a lo largo de esta década, y aun pudiendo haber visto -por fin- Matrix en la pantalla grande, recuerdo el film de Cristopher Nolan como uno de los que más impacto causó en mí al salir de una sala de cine, al menos en lo que al pasado reciente se refiere.

Sin reticencia ninguna, y habiéndolo confirmado gracias a tan reciente visionado, puedo afirmar que se encuentra en mi podio de largometrajes favoritos -no necesariamente ni coincidentes con los mejores que haya visto-. Se trata, sin duda, de un cajón emocional, lejos de la rectitud de la crítica y de principio a fin personal, que conformarían Matrix, la propia Interestellar y, seguramente, La La Land.

La ciencia ficción siempre ha sido mi género predilecto. No en vano, podría decirse con sorprendente exactitud que crecí en una galaxia muy, muy lejana, amparado por los dioses de Kobol y soñando llegar donde ningún otro hombre ha llegado jamás.

Años después, un ‘yo’ menos joven, aunque desde luego no más maduro, se dio de bruces con el reboot de Elite: Dangerous, cuya obra original ostentó a lo largo de los años ochenta el título de ser una de las primeras obras interactivas en tres dimensiones, y si mi memoria no me falla, el primer videojuego de exploración espacial. Sin duda, llegué tarde a esa cita con la Historia, pero a duras penas olvidaré su presentación, en un ya lejano PC Gaming Show del E3 de 2014.

Para quienes no conozcáis el título, se regocija en ser pionero -como ya lo fue en su época- a la hora de recrear a escala 1:1 una réplica de nuestra galaxia, la Vía Láctea, con sus miles de millones de estrellas, planetas, lunas y eventos cósmicos. Un “mapa” que se tardarían, literalmente, varias vidas en recorrer. En lo que a mí respecta, casi cinco años después de su lanzamiento y tras más de 500 horas de juego a mis espaldas, por fin me he propuesto llegar al centro de dicho mapa: el agujero negro supermasivo Sagitarius A que corona nuestra galaxia y que, como no podía ser de otra manera, está igualmente representado dentro del juego.

No es mi primer intento, me avergüenza reconocer, y para no decaer en el intento planteé la expedición con uno de mis primos, a quien orgullosamente introduje en Elite: Dangerous (y no tan orgullosamente en otros títulos, como League of Legends) y que me acompaña en una odisea que me hace sentir como el auténtico Magallanes.

Previsiblemente, no han escapado a mi radar los numerosos lanzamientos ambientados en el espacio que hemos presenciado a lo largo de los últimos años. Sin embargo, el renqueante No Man’s Sky, el eternamente inacabado Star Citizen o los mucho más modestos Rebel Galaxy y Everspace no han llegado a cautivarme como sí que lo hizo la obra de Frontier y David Braben, en parte, y como ocurre con todo el arte, porque no me hacen sentir lo que elicita en mí este último.

El espacio es la última frontera, decía el capitán James Tiberius Kirk, y a día de hoy sé que moriré con la sensación de haber nacido demasiado pronto. Me encanta viajar, y aunque sé que, al igual que sucede con las estrellas de la galaxia de Elite: Dangerous, necesitaría más de una vida para recorrer todos los rincones del planeta, no puedo evitar pensar que esta diminuta canica azul se me queda pequeña ante la inmensidad de un Universo virtualmente infinito y repleto de quién sabe qué parajes.

Es por ello que Elite: Dangerous es y será siempre uno de mis videojuegos favoritos, uno del que no dejo de estar enamorado pese a contar con un aspecto técnico inferior al de Star Citizen, menos posibilidades que No Man’s Sky o no tanto carisma como con el que cuenta Rebel Galaxy, además del hecho de que su velocidad de actualizaciones y desarrollo está muy por debajo de lo que se esperaba.

Y aun así, no puedo evitar emocionarme cuando salto a un nuevo sistema y al otro lado me encuentro dos soles en perfecto baile, o una estrella de neutrones bamboleándose a modo de faro; cuando entro en una señal desconocida para descubrir el embriagador color sangre, amarillento o anaranjado de una nube de gas en un punto de Lagrange; cuando me adentro en los anillos de un gargantuesco gigante gaseoso y me topo con formas de vida imposible, vagando en un compendio de polvo y rocas que han tomado como hogar; o cuando, al finalizar una sesión de juego, en el descanso de un apasionante viaje de más de 20.000 años luz, aterrizo en el claroscuro de una roca inerte pero preciosamente iluminada por una estrella de tono azulado.

Cuando me hace sentir, por un mágico y eterno momento, que he batido las barreras del tiempo y el espacio para cumplir mi sueño de explorar el Universo.

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