Cine

Crónicas galácticas (I): la posibilidad de un Star Wars

Cuarenta y dos años, seis meses y veintitrés días. Como si de una macabra profecía se tratara, el tiempo de vida de Star Wars está marcado. La saga cinematográfica más importante de la historia del cine se ha visto obligada a convertirse en enealogía y llegar a la mediana edad para, finalmente, terminar. Obviamente, la marca continuará en forma de series, spin-offs, videojuegos, novelas y cómics, pero ya es un hecho que la denominada saga Skywalker llegará a su fin este próximo 20 de diciembre. Así pues, no he titulado la que será la primera serie de este humilde blog como “crónica” por casualidad, sino como una especie de homenaje interno al maestro Márquez y su Crónica de una muerte anunciada, buscando referenciarla de la manera más romántica posible, dado que, tal y como anunciaban los rótulos del último tráiler de El ascenso de Skywalker: “la historia vivirá para siempre”.

De este modo, a lo largo de tres cuasi artículos exploraremos la aventura que fue la trilogía original. Desde los soles de Tatooine a la nieve interminable de Hoth, viajaremos por una galaxia muy, muy lejana en nuestro particular Halcón Milenario para desentrañar los entresijos de una saga que es ya un fenómeno. Y es que cuatro décadas dan para mucho: hemos visto repúblicas caer e imperios alzarse, gigantescas estaciones espaciales explotar en el vacío y planetas siendo evaporados en segundos. Nos hemos enamorado en las planicies de Naboo o en los confines de un campo de asteroides. Hemos experimentado el mal en muchas formas, tantas como ha tomado la palabra esperanza. Hemos llorado con la caída de héroes y emocionado con redenciones imposibles. La intraducible Guerra de las Galaxias es parte de nosotros, de quienes vivieron su estreno, crecimos con las precuelas o se han unido en las secuelas. Es nuestra historia, tanto dentro como fuera de la pantalla, y como toda historia, tiene un comienzo. Uno alejado de sables láser y cazas estelares. Uno que se debatió durante años por nombres propios como Ralph McQuarrie, John Williams o el propio George Lucas. Uno que vale la pena recordar.

Antes de entrar en materia, no puedo por menos que mencionar el libro Star Wars. La creación de la trilología original, escrito por Francisco Javier Martínez García, en el que me he basado ineludiblemente para la creación de ésta y las dos columnas que vendrán.

A finales de la década de 1960 Hollywood era una industria envejecida, desfasada y en decadencia, un cementerio de elefantes que pedía a gritos un cambio generacional. Fue este caldo de cultivo el que nutrió a una nueva remesa de directores que, años después, escribirían su nombre en la historia: Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian De Palma o un jovencísimo George Lucas, quien empezó haciendo pinitos con un tal Francis Ford Coppola. Entre delirios de grandeza y sueños imposibles, de aquel particular dueto nacería THX 1138, film de culto en nuestros días, pero un auténtico desastre en su estreno, lo que llevaría a Lucas a crear su propia marca, Lucasfilm Limited, con la intención de seguir su propio camino.

Antes de la gran space opera llegaría American Graffiti, el primer sorbo de éxito para el joven director, con una recaudación de más de 100 millones de dólares y cinco nominaciones a los Premios Óscar de 1974. Este primer gran triunfo supuso el soplo de oxígeno que Lucas necesitaba, la catapulta que lanzó al aire la posibilidad de su vuelta a la ciencia ficción. Sin embargo, sería todo un reto: el género no era especialmente boyante en la época y la grandes productoras mostraron desde un principio su rechazo a financiar tan osada empresa. Solo Alan Ladd Jr, jefe de asuntos creativos de 20th Century Fox se interesaría por su figura, más que por su propuesta, pero fue suficiente para iniciar un acuerdo de financiación. Así, ese mismo año empezaría a gestarse el guión de un proyecto mucho más ambicioso de lo que nadie podía imaginar.

Si tuviéramos que elegir una sola inspiración -de muchas- para el guión de Star Wars, ésa sería Joseph Campbell. El estudio del escritor estadounidense acerca del monomito o viaje del héroe impregnó de principio a fin la historia, dándonos una de sus personificaciones contemporáneas más universales en la figura de Luke Starkiller, quien posteriormente vería renombrado su apellido al eterno (y original en las primeras versiones) Skywalker. Aunque las inspiraciones fueron claras, no lo fue tanto el desarrollo del guión, pasando por innumerables modificaciones y borradores. La idea de los jedi, de una república galáctica y de un imperio reinante ya eran realidad desde aquel famoso Diario de los Whills, una suerte de compendio de ideas a partir de las cuales nacería todo lo demás. Una guerra civil, una princesa cautiva, el ataque a un destacamento enemigo… Si Joseph Campbell fue la base de la historia, uno de sus pilares fundamentales sería, sin duda, la filmografía de Akira Kurosawa, a quien Lucas había conocido años antes y de quien aflorarían estos primeros conceptos que, si bien tempranos, se mantendrían hasta la versión final del guión.

La magia de Star Wars reside en ser una obra de ciencia ficción total. No solo la historia es atrapante y emocionante; su mundo fue tan original e imaginativo en su creación como reconocible y global hoy en día. Aquella galaxia tan lejana encontraba el equilibrio entre lo terrenal y lo misterioso, entre lo identificable y lo enigmático. Tal profundidad y tal maestría no habrían sido posibles sin su creador; no el primero que imaginó aquel universo, pero sí el pionero en representarlo. Hablamos, como no podía ser de otra manera, de Ralph McQuarrie, cuya ilustración que abre esta columna le pertenece y sin quien la saga no habría sido todo lo mágica y apasionante que acabó siendo. Más allá de romanticismos, McQuarrie fue el responsable de que 20th Century Fox mantuviera su apoyo, transladando a bocetos los difusos pensamientos de Lucas. Estas ideas llegaban a su estudio en forma de chispazos conceptuales, a partir de los cuales se encargaría de avivar todo un fuego en forma de incontables láminas. La otra cara de la moneda del diseño artístico sería Industrial Light & Magic (ILM), la compañía de efectos visuales que Lucas crearía desde cero, en un almacén abandonado, y que llegaría a ser una de las empresas más aclamadas del sector. Un joven aunque experimentado John Dykstra, que había trabajado en 2001: Una odisea en el espacio como asistente, se hizo cargo de un grupo de novicios que revolucionaría, con Star Wars, el concepto de los efectos especiales en el séptimo arte, tal y como afirma Martínez. La calidad de las maquetas, el rodaje con control de movimiento o el juego con la perspectiva fueron solo algunos de los milagros que en ILM se sacaron de la manga para ofrecer un resultado nunca antes visto en una pantalla de cine.

Resueltos los entresijos de la producción solo faltaba una pieza por unir antes de comenzar con el rodaje: el casting. Compartido junto al de la película Carrie y dirigido por el productor Fred Ross, Lucas tuvo muy claro desde el principio que no quería contar con actores conocidos o que hubiesen aparecido en sus anteriores obras. Así pues, tras varios meses y miles de personas entrevistadas, el elenco principal estaría decidido para bien entrado el año 76. Carrie Fisher, hija de la actriz Debbie Reynolds y el cantante Eddie Fisher, pasaría de ser casi elegida para protagonizar la película que llevaba su nombre a convertirse en la icónica Princesa Leia. Para el papel de Luke Skywalker, un joven aunque relativamente experimentado Mark Hamill se encargaría de darle vida. Harrison Ford, por su parte, cerraría el trío protagonista, siendo significativamente mayor que sus compañeros y rompiendo la regla de Lucas, dado que ya había trabajado con él en American Graffiti. Esta elección, sin embargo, disgustó a 20th Century Fox, que no veía con buenos ojos que un elenco tan joven e inexperto llevara el peso de la película. Con el objetivo de equilibrar la balanza se optó por los veteranos Sir Alec Guinness y Peter Cushing para los papeles de Obi-Wan Kenobi y Grand Moff Tarkin, respectivamente, pero la polémica estaría lejos de cerrarse. Dave Prowse, quien ya había trabajado con Stanley Kubrick en La naranja mecánica, fue el escogido para vestir el traje el eterno Darth Vader. Y nada más. Su voz sería doblada en posproducción por James Earl Jones, siendo además posteriormente sustituido por Sebastian Shaw como rostro visible del “renacido” Anakin Skywalker en El retorno del jedi, dejando a Prowse totalmente invisible de cara al público. Peter Mayhew (Chewbacca), Anthony Daniels (C-3PO) y Kenny Baker (R2-D2) cerrarían un reparto que se dirigiría a Túnez para comenzar el rodaje a menos de un año para el estreno.

El 22 de marzo de 1976 comenzó oficialmente la filmación, que no estuvo exenta de complicaciones y retrasos. Calor opresivo, lluvias torrenciales y viajes en burro mediante (curiosamente, Lucas utilizaría sobre la marcha el sonido de estos animales para reproducir el de los moradores de las arenas), la inconfundible toma de los soles gemelos cerraría una primera fase del rodaje odiseica. Apenas dos meses serían necesarios para una etapa mucho más plácida de rodaje en interiores, o al menos lo sería desde el punto de vista práctico, ya que las presiones por parte de la productora por no sobrepasar la barrera de los diez millones de dólares comenzaban a ser asfixiantes, siendo el propio Alan Ladd Jr. el mejor valedor de George Lucas en este sentido, pudiendo contener a los directivos y permitiendo que el film llegara a la cifra de los trece millones. No sería la última imposición de 20th Century Fox, que tras meses de rodaje dio un aviso a Lucas: tenía una semana para terminarlo. De manera esperable, aquellos siete días fueron los más cortos en la vida del director, que se vio obligado a establecer varios equipos de filmación y a rodar la famosa batalla final en la Estrella de la Muerte a base de storyboards. Los plazos se cumplieron, finalizando el rodaje principal a mediados de julio. No obstante, quedaba mucho por hacer. En el verano de 1976 daría comienzo una posproducción de titánicas proporciones. Tanto que la productora tuvo que aceptar el retraso del estreno, fijado para las navidades de ese mismo año. En tamaña empresa, varios nombres propios se erigieron para empezar o seguir dejando su huella en la historia del cine.

Hablar de Star Wars es hablar de efectos especiales imposibles, personajes carismáticos, mundos únicos e historias inolvidables. La saga, no obstante, ha dejado una impronta imborrable en el imaginario colectivo según otras vías, a saber, el diseño de sonido y la banda sonora. Empezando por lo primero, el hecho de que hoy en día sepamos a la perfección cómo suena una espada láser, un caza Tie o el disparo de una pistola bláster es gracias a Ben Burtt, quien realizó un trabajo titánico para aportar una personalidad rompedora al universo de Lucas. Sonido ambiente de autopista grabado a través del tubo de una aspiradora para recrear el silbido del landspeeder de Luke, gruñidos de osos, morsas y leones para reproducir los bufidos de Chewbacca o una mezcla del barrito de elefantes con el sonido de un coche acelerando sobre un charco de agua para crear el motor iónico de los cazas imperiales, son solo algunos ejemplos de la irrealizable tarea que se le encomendó a Burtt y que hizo realidad. Por otro lado, qué decir que no se haya dicho ya acerca de la inmortal banda sonora, ésa que salió de los oídos, la imaginación y la batuta de John Williams. Curiosamente, él sería uno de los pocos integrantes del equipo con reconocida experiencia previa, habiendo trabajado con el mismísimo Steven Spielberg y ganando el Óscar a Mejor Banda Sonora por Tiburón, el primer gran éxito del director estadounidense. Gracias a la buena relación entre Lucas y Spielberg, este último alentaría al compositor a participar en la novedosa space opera. El resto es historia. Temas emblemáticos como Star Wars Theme, Force Theme o Leia’s Theme serían solo el comienzo de una relación de amor como ninguna entre John Williams y Star Wars.

Tras haber repasado los antecedentes, la inspiraciones, la producción y los nombres que hicieron posible lo imposible, solo queda remitirnos a un histórico 25 de mayo de 1977, fecha en la que Star Wars se estrenaría por todo lo alto en el Teatro Chino de Hollywood. Ése fue el único baño de masas que tuvo la cinta en sus primeros momentos de vida, dado que la campaña de marketing fue realmente escueta, casi tanto como su distribución: apenas 40 salas en todo Estados Unidos se interesaron por tener la película en cartelera. Pero las obras maestras no pueden ocultarse mucho tiempo y Star Wars se convirtió en un éxito de ventas y público ya desde su primer fin de semana. A lo largo de las siguientes semanas, las decenas de salas ascendieron a centenares, proyectándose durante más de un año en algunas de ellas. La recaudación fue de 775 millones de dólares, llegando a ser la película más taquillera de la historia hasta que E.T. (1982) le arrebatara el récord. Los Óscars de 1978 solo tuvieron un color: el negro galáctico, con once nominaciones y siete galardones, todos ellos en categorías técnicas. Nadie esperaba que fuera a tener más recorrido, ni mucho menos que alcanzara la repercusión que tiene hoy en día, pero solo habría que esperar tres años para ver nacer una saga que empezaba a ser fenómeno, que seguiría su recorrido con una de las mejores secuelas jamás vistas en la gran pantalla y que pasaría a la historia con una sola frase: “Yo soy tu padre”.

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