Cine

El ascenso de Skywalker: la forma por el fondo

Se acabo la saga Skywalker. Unas palabras que todavía me cuesta escribir y que no sé cuánto tiempo tardaré en interiorizar. Resulta curioso pensar que el concepto de ‘saga Skywalker’ no existía ni cuando Star Wars era ya una saga. Fue a partir de la adquisición de Lucasfilm por parte de Disney que hubo que hacer una distinción entre la serie de películas principal y todo lo demás, todo lo que ha llegado y lo que está por llegar. En la otra cara de la moneda, es irónico que, por lo general, las películas que todos conocemos, las que empiezan con el título y la fanfarria, las que ponen en pie al mundo del cine y crean una expectación sin igual, sean también las más limitadas en cuanto a su temática, tono y pretensiones. Antes de nada, dejemos clara una cosa: Star Wars es una saga de películas para niños sobre magos espaciales. Y lo digo sin un ápice de desprecio. Al fin y al cabo, me enamoré perdidamente de ella por eso mismo, y por eso mismo hace que me sienta como ese niño que, en parte, sigo siendo cada vez que aparece el famoso “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…”.

Nunca me cansaré de decir que Los últimos Jedi era la película que no quería, pero que necesitaba. Tanto yo como la saga. Es una genialidad, un giro absurdo e inconcebible, un as bajo la manga que ni quiera la propia Star Wars sabía que podía jugar. El resultado de darle a un director total libertad creativa y que, por las circunstancias, ésta sea tácita. Si ha habido elogios por parte de J.J. Abrams y Rian Johnson hacia Lucasfilm, han venido por la sorprendente libertad que les han ofrecido a la hora de contar sus historias. No obstante, la libertad no es tal cuando debes abrir o cerrar una serie, en comparación a cuando, simplemente, la debes continuar. Es por eso que en Los últimos Jedi se nota una explosión creativa que nos ha regalado al Luke Skywalker más humano y heróico, un inspiradísimo discurso sobre el fracaso y la evolución de unos personajes que son ya eternos. Ante tal genialidad, no puedo evitar sentir que, mientras que Rian Johnson dio rienda suelta a su ser más puro, Abrams ha vivido en la cuerda floja (autoimpuesta o no) de generar un principio y un final satisfactorios para la trilogía. La diferencia entre crear una obra y resolver un problema. Aun así, si me he animado a escribir estas líneas es para romper una lanza a favor de J.J., porque creo firmemente que el arte se trata de emocionar y no puedo por menos que defender al director que ha conseguido emocionarme como nada ni nadie en una sala de cine.

El ascenso de Skywalker es torpe, perezosa y atropellada, muy lejos de la mejor versión de sí misma, pero sabe qué botones tocar, entiende lo importante y tiene un alma que se sale de la pantalla. A falta de reposarla y revisionarla alguna vez más, me atrevo a decir que es la película que no necesitaba, pero que quería con todas mis ganas. Tras leer la entrevista a Chris Terrio, co-guionista de este Episodio IX, para IndieWire, no puedo evitar pensar que, desde las primeras etapas creativas, tanto Abrams como él aceptaron que tendrían que sacrificar parte de la forma para sacar adelante una conclusión de la saga aceptable, dentro de las dos horas y media de rigor que marcan los cánones. J.J. Abrams no es Martin Scorsese, Chris Terrio no es Steven Zaillian y la última película de la saga Skywalker no es una oda al género que encumbró a actores como Robert De Niro o Al Pacino, de la mano de una productora, como Netflix, que ya ha probado su afán por dar lugar a cierta experimentación en sus estrenos (Bandersnatch mediante). En fin, El ascenso de Skywalker no podía alcanzar los 209 minutos de metraje de El Irlandés, y la configuración de la saga hacía imposible partir en dos su última entrega, una práctica ampliamente extendida a lo largo de la última década y que hemos podido ver en Crepúsculo, Los juegos del hambre, Harry Potter o Vengadores.

Escribir un final no es difícil. El reto reside en unir ese final a todo lo demás de una manera coherente, rítmica y natural, de forma que todo parezca planeado desde el principio, que se entrelace con la génesis de la historia y que cierre el círculo que es toda obra. No negaré que soy el primero que podría estar horas viendo en pantalla a Ian McDiarmid interpretar al Emperador Palpatine, como tampoco puedo afirmar que me gustase el regreso del personaje. Terrio no se atrevió, quiso o pudo pronunciarse sobre ello, pero lo que apuntan sus respuestas es que esta aparición nunca estuvo prevista (por no hablar de que a McDiarmid le llamaron inesperadamente para volver a comienzos de la producción de Episodio IX). El caso es que, si El despertar de la Fuerza quiso resonar con Una nueva esperanza, El ascenso de Skywalker parece haber querido, a última hora, hacer lo propio con El retorno del Jedi.

He aquí una de las bases de la trilogía de secuelas: el continuismo, un concepto no necesariamente negativo, especialmente si buscas tocar el lado emocional del espectador, pero pobre en cuanto al aporte temático. Y es que, tanto Lucasfilm como Abrams -y Johnson, de manera natural- dan la sensación de haberse querido alejar de la filosofía que George Lucas se atrevió a poner en marcha en las precuelas: algo nuevo, fresco, diferente, que rememore el pasado a través de personajes conocidos o figuras familiares, pero no en cuanto a su tesis. El resultado fueron una serie de películas muy ricas en forma, pero pobres en fondo; una tesis doctoral sobre repúblicas corruptas, separatistas con principios, Jedi desgastados y Sith con los que incluso se puede llegar a empatizar. En fin, una amalgama de grises muy rica para los enamorados a la saga, con una complejidad más propia de la ciencia ficción pura que de la space opera, pero con un mensaje que es un aguja perdida entre tantos hilos.

Hace ya más de cuatro años desde que aquel mágico tráiler de El despertar de la Fuerza nos regalara la primera frase de Rey: “[No soy] nadie”. Unas palabras que reflejan a la perfección el corazón de la trilogía durante las dos primeras entregas: la grandeza no está en el apellido o en la sangre, cualquiera puede ser un héroe o una heroína. Lejos de los debates absurdos acerca de sus habilidades en la Fuerza (recordemos lo de ‘películas para niños sobre magos espaciales’), la idea de que tú o yo pudiéramos ser el nuevo Anakin o el nuevo Luke era realmente potente, un soplo de aire fresco a una saga, como su propio nombre indica, centrada en las idas y venidas de la familia Skywalker. Es por eso que, de nuevo, no puedo por menos que sentirme decepcionado ante la revelación de (atención, spoilers) la ascendencia de Rey como una Palpatine, trasformando así el mensaje: no importa de dónde vengas, lo que cuenta es quién eliges ser. Rompiendo, por fin, la mencionada lanza en favor de Abrams, lo cierto es que el mensaje, aun modificado sobre la marcha, es igualmente poderoso y encaja a la perfección con la temática: Rey, la heroína nacida de la oscuridad ante Kylo Ren, el villano nacido de la luz, ambos como las dos caras de una misma moneda, conectados en la Fuerza y sosteniendo la trilogía sobre sus hombros desde Los últimos Jedi. Imagino tendrá poca discusión que su dinámica ha sido, junto a la figura de Luke, lo más destacable de las tres películas, siendo el factor más novedoso e imaginativo, y el que lleva, además, a una traca final en Episodio IX difícilmente alcanzable de no ser por ella.

Personalmente, no sabía que conectaría tanto con el llamado ‘Reylo’ (para referirise a la relación entre Rey y Kylo), ni con la denominada ‘Bendemption‘ (la redención de Ben Solo), como tampoco imaginaba que las últimas palabras de Rey, “[soy] Rey Skywalker“, me harían llorar desconsoladamente en la sala del cine. Entiendo que a muchos el epílogo les pudiera parecer inadecuado, incoherente o incluso ridículo, y es posible que lo sea en forma, pero cuenta con un fondo incomparable, a la altura del STAR WARS con mayúsculas. Parte del viaje es el final, y puede que la clave esté en entender las palabras de nuestra heroína no como la conclusión de una película de dos horas y media, sino como la prueba inmortal de que el legado Skywalker no termina con su saga, que quizás el mensaje sí que era el original y que hay un héroe en cada uno de nosotros.

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