Cine

El irlandés y la decrepitud

Enero es horrible. Por lo general, los comienzos de año son un suplicio para el mundo del cine y sus seguidores. Innumerables galas se juntan con incontables estrenos, provocando una histeria que, al parecer, a algunos les hace pensar que es solo a lo largo de estos meses cuando se estrenan las obras culmen del medio. Las salas rebosan y las suscripciones a plataformas digitales se desbordan con ávidos espectadores que, lista de nominados y premiados en mano, no pierden la oportunidad, ya sea por morbo o por genuino interés, de ver con sus propios ojos el justo o injusto porqué de las once nominaciones a Joker para los Óscar, del sorpasso de 1917 a sus compañeras en las categorías de ‘Mejor película de drama’ y ‘Mejor dirección’ durante los Globos de Oro, o del arrase de Dolor y Gloria en los Goya.

Lo reconozco: yo soy uno de ellos. O, al menos, en parte.

Solo así se explica que, además de haber visionado Joker, Érase una vez en Hollywood, Historia de un Matrimonio, Parásitos, Puñales por la espalda y 1917, tenga en mi lista de pendientes más inmediata Mujercitas, Los dos papas, Rocketman, Jojo Rabbit, Dolor y Gloria, o Rocketman, sin olvidarme de Mientras dure la guerra y Le Mans ’66, dos películas que, por ambientarse la primera en mi ciudad y por tratar la segunda sobre una de mis grandes pasiones, no tengo excusa para no haber visto aún. Solo así se explica que, hace poco más de una semana, aguantase estoicamente las tres horas y media de El irlandés, sin ser ni haber sido nunca asiduo a la temática mafiosa o especial seguidor de los largometrajes que encumbraron a Robert De Niro, Al Pacino y Joe Pesci. Qué demonios, mentiría si dijera que Scorsese es un director de referencia para mí (aunque reconozco que títulos como Toro Salvaje, Casino, El aviador o El lobo de Wall Street siguen y seguirán como varias de mis eternas pendientes). Y aun así, allí estaba, tragándome en dos interminables tandas aquel eternometraje y preguntándome mientras lo hacía si sería por elitismo, clasismo o algún tipo de autoflagelación inconsciente.

No me gustó El irlandés. En su defensa diré que tampoco me encantó Historia de un matrimonio, más allá de las actuaciones de Scarlett Johansson y Adam Driver, y que tengo problemas con el final de Joker. La eterna cantinela del cine estadounidense, cuya calidad raramente justifica su alcance mediático. No obstante, como en todo, nada es blanco o negro. Vaya por delante que ninguna de las nombradas me parecen malas películas y que guardo muy buen recuerdo de Érase una vez en Hollywood, Puñales por la espalda y 1917, por no hablar de cómo me fascinó Parásitos -de origen surcoreano-, cuyo primer asombrado por el reconocimiento de la crítica yanqui soy soy. Volviendo al filme que titula esta columna, tanto tras su visionado como en el preciso instante en el que escribo estas líneas, mantengo la opinión de que es innecesariamente larga, demasiado lenta por ello, con un protagonista plano, aséptico y de poco o nulo interés (recordemos que de Niro ha sido el único miembro del trío protagonista que no ha sido nominado en categoría individual para los Óscar) y una historia que parece girar continuamente sobre sí misma, sin avance aparente, hasta el final. Y vaya final. Porque, si una parte de mí quiere defender El irlandés, la visión de su director y su justificación en 2019, es de forma exclusiva por una última media hora que vale y dice más que las tres anteriores. Un epílogo mucho más crudo, violento y descarnado que la sarta de intrigas, traiciones y tiroteos vacíos que copan el grueso de la obra.

A partir de este punto habrá spoilers de la trama de El irlandés.

Apenas segundos después de que el reproductor marque los 180 minutos y tras un clímax que, como no puede ser de otra manera, cambia el status quo de los personajes, la primera imagen que se nos presenta es desoladora: varias de las figuras principales a las que hemos acompañado se reúnen en el patio de un centro penitenciario caduco y achacoso para jugar a la petanca. Hasta seis hombres cuyo único leitmotiv a lo largo de la narración ha sido el poder, a veces justificado, otras veces no tanto, pero siempre como un chute, como el trago de un borracho que ya no sabe diferenciar entre estar ebrio o sobrio. Terminada esa vida -la única que conocían-, es deprimente presenciar el dantesco espectáculo que supone ver a esos capos esperar a la muerte, mendigando un mendrugo de afecto por el camino, demasiado cobardes para redimir parte de sus actos y, al menos, irse de este mundo por sí mismos, con cierta dignidad.

Especialmente paradigmático es el caso de Frank Sheeran, el personaje interpretado por Robert de Niro y que da nombre a la película, al que considero justamente apaleado líneas atrás, pero por los que no tengo más que elogios (para actor y personaje) durante estos brillantes treinta minutos. La vida de “el irlandés” fue la de, como él mismo se define, un pintor de casas; aquel con talento para dejar hecho hasta el más cruento de los trabajos sin miramientos, pero carente de la sensibilidad, de la picaresca necesaria para ser un artista. La vida de Frank, por otro lado, fue la de un camionero honrado hasta que dejó de serlo, la de un padre al que le cegó su avaricia, justificada como un medio para darle a su familia una vida mejor, la de un hombre tan centrado en cumplir de forma ciega e implacable que se acaba perdiendo a sí mismo, enterrando con cada disparo no solo a rivales, sino también a todas las personas que en algún momento pudieron tener la fugaz idea de mostrarle algo de afecto.

“Al final llegó el final”. Supongo que, cuando tu vida orbita en torno al poder o al dinero, la muerte es poco más que una fantasía. No me refiero a terminar con los sesos en un callejón después de cenar con tu familia, o apuñalado por la espalda por quien creías que era tu amigo. No dudo que estaban más que preparados para todo ello, hasta el punto en que me atrevo a pensar si más de uno no lo hubiese preferido. “Déjela entreabierta.” En busca de una oportunidad de redención, no puedo por menos que emocionarme al pensar en la última escena: la realidad de quien se niega a destapar toda una vida de crimen, aun cuando aquellos que la conformaban ya han muerto; de quien se sigue aferrando a un código de honor vacío, como el que se amarra a una balsa en mitad del océano; de quien, en busca de salvación divina, se ve incapaz de arrepentirse por nada. De quien, sabiendo que su destino es una soledad ganada a pulso, guarda la esperanza de que alguien entorne esa puerta.

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