Reflexiones

Débiles

Aquí está. Un mosaico de cuadrados esparcidos sobre los planetas con un puñado de lejanas estrellas en el fondo. Debido al reflejo de la luz del sol sobre la sonda la Tierra parece estar sobre un haz de luz, como si se tratase de un mundo con una especial significación. Sin embargo, es solo un accidente geométrico y óptico. En esta imagen, no hay señal alguna de seres humanos, nada de nuestro trabajo sobre la superficie, ni de nuestras máquinas, ni de nosotros mismos. Desde este punto de vista, no hay evidencia de nuestra obsesión nacionalista. Somos demasiado pequeños. En la escala de los mundos, los seres humanos somos insignificantes; una fina capa de vida en un oscuro y solitario trozo de roca y metal.

El mundo se ha detenido. Al parecer, nuestro insondable y eterno sistema ha sido puesto en jaque por la acción de un ente microscópico. Coronavirus. Un nombre vulgar y burlón cuando no era más que una crisis local al otro lado del mundo. COVID-19. La nomenclatura técnica, cuasi apocalíptica, del bicho que se ha convertido en el evento del año, de la década e incluso de lo que llevamos de siglo. Son curiosos los nombres. La investigación sostiene que el apelativo por el que denominamos las cosas moldea nuestra percepción sobre ellas. Coronavirus, COVID-19, bicho. Hay personas que prefieren no llamarlo, lo que no deja de ser otro nombre; la sustracción hace evidente la presencia. El lenguaje es importante. Quizá por ello, a lo largo de estos últimos días, he procurado evitar cualquier información sobre la manera en que otros lo utilizan. A veces debemos permitirnos comprender por nosotros mismos.

El mundo se ha detenido. Y, aun así, lo primero que hago al levantarme es abrir la ventana para comprobar que sigue ahí, no cesando en mi asombro cada vez que confirmo que, en efecto: sigue ahí. Es un ejercicio de perspectiva. Nuestro sistema político, económico y social aparentaba ser invariable, inalterable, imperturbable. Qué irónica es la fragilidad de las fachadas. El problema de los huracanes es que arrancan las portadas y ponen a prueba los pilares. Y eso es bueno. Qué argumento si no podríamos tener de que Asia se encuentra a otro nivel en cuanto a civismo y disciplina social, de que Europa sigue siendo el viejo y fragmentado continente de siempre, de que el gran Estados Unidos no es, ni nunca ha sido, el que llevamos décadas viendo en superproducciones de Hollywood. No hay nada como un cambio en el status quo para hacer relucir el valor de las cosas. O su pobreza.

Existe algo que, sin embargo, permanece ante el derrumbe humano: todo lo demás. La perspectiva llega cuando el sistema, lo único que conocemos, en lo que se sustenta nuestra realidad, parece ser lo primero y único transitorio. Ni creo ni espero sorprender a nadie al escribir sobre la futilidad de nuestra existencia, como colectivo y como individuos. Lo real va mucho más allá de quienes somos, de la casa que tan conocida tenemos últimamente, del barrio por el que solíamos pasar cada día, de la ciudad que consideramos como nuestra -o no-, del país o continente al que profesamos más o menos aprecio. Trivialidades. Lo humano no son más que patrones artificiales y aleatorios, creados por una especie que apenas cuenta con minutos de existencia a una escala universal. Lo humano es, por ende, lo más reciente y quebradizo; lo primero llamado a desaparecer. Como les pasó a otros antes.

Consideremos nuevamente este punto. Esto que está aquí es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él están todos los que amamos, todo aquel que conocemos, todos aquellos de los que hemos oído hablar. El conjunto de nuestra alegría y sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y plebeyo, cada pareja de enamorados, cada madre y padre, niños con esperanza, inventores y exploradores, cada profesor de moral, cada político corrupto, cada ‘superestrella’, cada líder supremo, cada santo y predicador de la historia de nuestra especie, vivió aquí. En una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

Actualmente, parece haber consenso en el hecho de la Tierra ha sufrido cinco extinciones masivas. Sea la vida un accidente, o quizás un proceso lógico y natural, lo cierto es que es frágil. Esquiva. Hasta donde sabemos, poblamos el único planeta habitable en el cosmos. Desde la humildad e insignificancia de mi silla, me cuesta creer que no haya vida ahí fuera. Desde la investigación y el trabajo científico, asumo que aterrará a más de uno saber de la existencia de teorías sólidas que no solo explican el fracaso en la búsqueda de vida inteligente, sino que defienden la posibilidad de que seamos los únicos. Solos. Aislados. Un error. Una anomalía en un contexto hostil por naturaleza, creado para nuestra inexistencia. Eso explicaría la fragilidad.

Solo así se interpreta que ese ente microscópico haya desafiado las bases de nuestro sistema, ante lo cual no hago más que formularme preguntas. ¿Y si el virus hubiese sido más virulento? ¿Y si la mortalidad que presenta en ancianos la tuviera en niños y jóvenes? ¿Y si su período de incubación fuera el doble? El coronavirus, COVID-19 o bicho es grave, y negarlo demostraría poco más que necedad a estas alturas. No obstante, podría haberlo sido mucho más. Puede que la próxima crisis lo sea. ¿Y si la siguiente “pandemia” no implica virus, bacterias u hongos? ¿Y si el próximo evento que nos ponga a prueba como sociedad, especie e individuos tiene que ver con subidas de temperaturas, incremento del nivel del mar, sequía y escasez? Si algo nos está demostrando la gran pandemia de 2020 es que el peligro es real, que las crisis existen hasta en nuestro tan apreciado estado del bienestar y que las catástrofes no se reducen a un género de películas de serie B.

Al contrario de lo que pueda parecer, con esta columna no pretendo alarmar o llamar a la puerta de la crisis existencial. O sí. El miedo es bueno, una emoción útil, a veces. Como lo son los pensamientos profundos y meditados que nos llevan a cuestionar la naturaleza de nuestra realidad. El sufrimiento, el peligro, la muerte. Tenerlos presentes es bueno. Porque son reales. Somos criaturas débiles, y no creo que haya vergüenza en ello. Al contrario; no haber sucumbido aún a nuestra debilidad demuestra un férreo y encomiable esfuerzo por subsistir. El entorno es hostil. Nosotros somos frágiles. Si el miedo y el desasosiego nos llevan a ser más consecuentes, que así sea. Creo que el ser humano necesita volver a sentir miedo. Miedo real. Necesitamos volver a ser conscientes -si es que alguna vez lo fuimos- del valor de nuestra existencia, precisamente por lo insignificante que es. Ojalá que esta crisis sirva para que sintamos miedo, o para que lo sientan quienes lo deben sentir: aquellos que controlan el devenir del mundo, que no somos ni tú ni yo. A todos los demás, a ti y a mí, ojalá que, cuando esta crisis pase, sigamos recordando que la valentía nace del miedo, que la fuerza nace de la debilidad.

La Tierra no es más que un pequeñísimo grano en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre derramados por cientos de generales y emperadores para conseguir la gloria y ser los amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las crueldades sin fin que los habitantes de una esquina de este píxel hicieran contra los ni siquiera distinguibles habitantes de alguna otra esquina. La frecuencia de sus malentendidos, la impaciencia por matarse unos a otros, la generación ferviente de odios. Nuestras posturas, nuestra presunción imaginaria, la falsa ilusión que tenemos de tener un lugar privilegiado en el universo son desafiadas por este pálido punto de luz. Nuestro planeta es una mota solitaria en la inmensa oscuridad cósmica. Y en toda esta inmensa oscuridad, en esta gran vastedad, no hay ningún indicio de que la ayuda vendrá de otra parte para salvarnos de nosotros mismos.

– Carl Sagan

1 comentario en “Débiles”

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