Videojuegos

Ghost of Tsushima hace que quiera volver a Sekiro

A mis veinticuatro años, me hago mayor. No me refiero a “sentirme viejo” o a que vea cercana la experiencia de la muerte (la mayor parte de los días). Para algunas cosas soy muy joven, casi un niño, o así es como lo percibo. Para otras, como los videojuegos, en las que sin duda cabe la trayectoria y la experiencia vital, siento el paso del tiempo de la misma forma en que mi dolor de espalda me recuerda cada día que ya no soy un adolescente. Temo, sin embargo, estar transitando un camino mucho peor que el de la vejez y la decrepitud. Temo, efectivamente, estar convirtiéndome en un maldito y despreciable esnob.

En otro orden de cosas, nunca está de más recordar que adoro Japón. Desde hace relativamente poco tiempo me estoy poniendo al día con la filmografía de Akira Kurosawa y el cine tradicional nipón; el ramen, el okonomiyaki o el sashimi se han convertido ya en parte de mi dieta —cuando me los puedo permitir—; y, al menos una vez al mes, revisiono con nostalgia las fotos de mi último viaje a la isla de Honshū. En cuanto al medio interactivo, puedo decir sin miedo ni vergüenza que Total War: Shogun 2 es mi título predilecto de la serie de The Creative Assembly, que Persona 5 es mi RPG favorito de todos lo tiempos y que estoy construyendo una pagoda como morada en mi último mundo de Minecraft.

Desde luego, el soft power del país del sol naciente, tal y como se refería a él Teresa Romero en su artículo «La diplomacia del sushi: el poder blando japonés», ha calado en mí hasta el punto de definir mis gustos culturales a lo largo de los últimos años. Con esto en mente, no es difícil pensar que Ghost of Tsushima, como mínimo, captó mi atención en su presentación del E3 de 2018, así como en sus tráileres y avances sucesivos. Y más allá: me transmitió unas sensaciones que, hasta la fecha, solo recuerdo haber vivido con el que, para mí, es el segundo mejor juego de la serie Soulsbornekiro, Sekiro: Shadows Die Twice.

Existe, no obstante, un problema; el conflicto inherente a todo texto, incluidas las columnas de opinión. Uno que reside en la frase “un Assassin’s Creed de Japón”.

No es santa de mi devoción la saga Assassin’s Creed. Lo intenté de veras con el primero (quizás, demasiado tarde para mí como para que no calara su obsolescencia), mi círculo cercano me ha hablado maravillas de Black Flag y llevo años sintiendo genuina curiosidad por su reboot jugable, encarnado en Origins, Odyssey y el más reciente Valhalla. Me tira para atrás, no obstante, sus aparentes historias anodinas, la utilización caótica de personalidades históricas, los problemas de ritmo, el simplismo del combate o las decenas de horas de contenido vacío en forma de secundarias superfluas. El arte es cada vez más prolífico y seguramente se cuenten por cientos, si no miles, las obras tildadas de imprescindibles. Poco a poco empiezo a aceptar que necesitaría varias vidas para leer, ver, escuchar y jugar a apenas la base indispensable de la cultura contemporánea. En otras palabras, no hay tiempo para todo.

Sin embargo, me sorprendo al encontrarme con frecuencia releyendo, revisionando, reescuchando y rejugando las obras que me han marcado, a menudo coincidentes con aquellas consideradas magnas. Hablando directamente del medio interactivo, podría nombrar Dark Souls, The Last of Us, Final Fantasy VII (y su remake), NieR: Automata, Life is Strange y, sí, también Sekiro, a cuya iconografía y folclore me recuerda inevitablemente la obra de Sucker Punch Productions. He aquí el dilema entre volver a un juego que es probable ya sea de culto —terreno seguro tanto desde lo emocional como desde lo artístico— o embarcarme en otro triple A, invirtiendo horas que no tengo, en lo que puede que sí o puede que no llegue siquiera a acercarse a los títulos que antes he nombrado, en especial al último de ellos. En fin, sesenta euros son demasiados para gastar en una apuesta, más aún pudiendo volver al último trabajo de Hidetaka Miyazaki, no digamos cuando pienso en los Uncharted 4, The Last Guardian o Journey, vírgenes y cogiendo polvo en mi biblioteca de PlayStation.

No dudo que debiera abrir la mente y darle un voto de confianza a un juego que ha calado en el público de manera sorprendentemente positiva, y que a buen seguro me agradaría más su ambientación de lo que me frustrarían sus mecánicas. No lo sé, quizás peque de desconfiado o, como empiezo a sospechar, me esté convirtiendo en un esnob (de mierda).

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