Cine

Me habría quedado con Rey en Jakku para siempre

Parece como si diciembre se hubiese convertido en el mes de Star Wars, y no es para menos: cuatro de las cinco películas estrenadas desde la compra de la franquicia por parte de Disney fueron estrenadas a lo largo de este mes, uno que, además, ha visto concluir sendas temporadas de El Mandaloriano. Quizás por eso, y después de un año de vaivenes emocionales que han llegado a afectar incluso a mis preferencias culturales, creo que vuelvo a estar en el mood de Star Wars, y para un aficionado nivel enfermo, como soy, eso significa ver, leer, jugar y moverme exclusivamente en círculos de Twitter y Reddit que traten la archiconocida Guerra de las Galaxias.

Y eso es un arma de doble filo.

No sé qué rumbo está tomando esta saga y mantengo el miedo de aquel lejano 2013, cuando se anunciaron los planes para rodar la que hoy conocemos como trilogía de secuelas. No obstante, sigo disfrutando de cualquier pequeña perla que los dioses de Disney nos quieran regalar en forma de libros, cómics, películas, series o videojuegos, pero cada vez tengo más sensaciones encontradas con lo que se ha empezado a hacer con la que seguramente sea la mayor fábrica de hacer dinero de la industria audiovisual. Y tengo aún más miedo de haberme convertido en aquello que juré destruir, parafraseando a Obi-Wan, aunque creo que todavía me falta recorrido para llegar al punto de esos fans casposos que, cultural y emocionalmente, parecen seguir estancados en 1983.

Sea como fuere, y especialmente tras El ascenso de Skywalker y el final de la segunda temporada de El Mandaloriano, tengo la sensación de que la saga está perdiendo cada vez más su valor intrínseco en favor de hacer seguir avanzando la maquinaria. No he nacido ayer; soy consciente de las pretensiones y prioridades que tiene un gigante como Disney con Star Wars en su mano, y no podemos dejar de lado el hecho de que Star Wars ha sido, es y seguirá siendo una historia para niños sobre magos espaciales. No es una crítica, ni mucho menos, pero necesitamos un punto de anclaje, un contexto antes de entrar a valorar.

Cada vez parece más difícil encontrar originalidad en el medio audiovisual, no digamos en el interactivo. Remasterizaciones, remakes, versiones mejoradas y toda clase de secuelas, precuelas, intercuelas y spin-offs copan las bibliotecas de una industria que parece miedosa de avanzar, en el mejor de los casos, y perezosa de hacer algo diferente, en el peor. Y tanto “miedo” como “pereza” son palabras que salen a colación en la reseña de Film Crit Hulk acerca del último capítulo de la segunda temporada de El Mandaloriano, con la que no comparto todos sus puntos, pero sí reabre en mí heridas incómodas que es imposible no lamerse una vez empiezan a doler.

A partir de aquí, habrá spoilers de la segunda temporada de El Mandaloriano.

Poco más que un X-Wing solitario y el resonar de una espada de luz verde necesito para levantarme de la silla y pausar el vídeo, en un vano intento de procesar lo que estoy viendo. A día de hoy, El ascenso de Skywalker es la película que más me ha hecho llorar en una sala de cine, y me es imposible no vibrar con todas las incorporaciones de personajes conocidos que han tenido los últimos capítulos de la serie del cazarrecompensas. En conclusión: no soy inmune al fanservice. Yo crecí con esta saga; es la saga de mi vida, en el sentido más literal de la expresión, y anhelo sentir ese tipo de emociones cada vez que me pongo delante de un libro o una pantalla. Pero, una vez pasada la emoción, ¿qué queda?

He tardado casi un año en revisionar El ascenso de Skywalker, y no temo decir que he parado la segunda vuelta a El Mandaloriano una vez visto el clímax de su último capítulo. Rey Skywalker o la entrada triunfal de Luke a por Grogu bien serán momentos que se quedarán conmigo para siempre, pero no solucionan un problema de desencanto que a cada día que pasa se me hace más difícil de ocultar. Uno que se suaviza cada vez que pienso en lo que la Rey de Jakku me hizo sentir en El Despertar de la Fuerza.

No sé si será su fantástica presentación; seis minutos de escenas sin diálogo, únicamente aderezadas por los variopintos sonidos del planeta desértico y el sublime The Scavenger de John Williams, o el carisma inmediato que una jovencísima Daisy Ridley le supo insuflar a su personaje. Todavía recuerdo, días después del estreno de Episodio VII, escuchar en bucle el leitmotiv de esta nueva e inesperada heroína, de la que nunca llegaré a saber lo suficiente. No me refiero a las preguntas acerca de su procedencia, de si sería una Kenobi, una Skywalker o una Palpatine. Me refiero a saber quién era Rey, esa Rey de Jakku abatida y encerrada, pero risueña y con un inspirador sentido de la justicia. Ojalá no suene a hipérbole decir que me habría quedado allí con ella para siempre, viviendo aventuras como la del librito Before the Awakening que relataba cómo aprendió a volar, o la de uno de los increíbles fancomics de astarwarscomic.com.

La maquinaria de Star Wars vive gracias a toneladas de ese término que ya se empieza a desvirtuar, si es que no lo ha hecho ya: fanservice. Y aunque espero estar lejos de ser uno de esos fans a los que hacía referencia, me hago mayor. Caigo en él, por supuesto, y ojalá lo siga haciendo hasta el día en que me muera, pero también creo que empiezo a valorar otras cosas, incluso por encima del fanservice, incluso en la saga de mi vida; valoro esas relaciones sinceras, como la de Din y Grogu; valoro esas causas nobles y representadas con sus grises y sus crudezas, como en Rogue One; valoro esa unión de parias que tienen que salvar el día, como la de Jedi Fallen Order.

Pero, sobre todo, valoro esa mágica unión entre ambientación y personaje, ésa que conecta con uno a niveles ininteligibles y que Star Wars suele conseguir como si de un truco de magia se tratara. Por eso entiendo a quienes os quedasteis en 1983. Entiendo lo difícil que es para vosotros dejar ir a ese Luke de Tatooine.

Lo sé porque yo todavía no sé cómo dejar ir a esa Rey de Jakku.

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