Cine

El problema del alma

Nunca entendí por qué no me gustó Blade Runner. Es decir, la aprecio y valoro por lo que supuso para la ciencia ficción, abriendo las puertas a una faceta del subgénero más contemplativa en medio de la vorágine de acción desenfrenada que establecieron títulos como Star Trek o Star Wars. Pero me cuesta ponerme a verla. No escondo que me encandiló más su secuela, Blade Runner 2049, como tampoco pretendo ocultar que, hasta muy recientemente, no había visto históricos como Ghost in the Shell. Es todavía más paradigmático, pues The Matrix es mi película favorita y la ciencia ficción, mi género predilecto, y no es que me aburra necesariamente el ritmo pausado o el carácter contemplativo.

A raíz del lanzamiento de Cyberpunk 2077, me he abierto como nunca al subgénero que popularizaron obras como Un mundo feliz, 1984 o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Y me apasiona su estética futurista y su carácter decadente, que muchas veces roza lo distópico, pero hay algo que cortocircuita en mí cada vez que me enfrento a él. Quizás tenga que ver con una referencia concreta a Blade Runner que hacía Alejandro Martínez en su texto Blade Runner 2049: metacine y feminidad, publicado en la revista Distopías de ciencia ficción, de Espada y Pluma: “Así, según el relato establecido en la película [Blade Runner], aquellos que han nacido poseen un alma, mientras que aquellos seres que son fabricados no.”

Ahí está el problema: el alma.

Tal y como he escrito al comienzo del texto, no fue hasta hace poco que me embarqué en la que ya se ha convertido en una película de culto: Ghost in the Shell. No deberían sorprenderme —y no creo que lo hagan, realmente— las continuas referencias al alma que se pueden contar a lo largo del metraje, suponiendo casi la pieza angular del subtexto. Al fin y al cabo, la sociedad japonesa se encuentra todavía muy unida a la espiritualidad del budismo y el sintoísmo, religiones para las que el alma es parte central de su creencias. Y, por mucho que me vea alineado con una filosofía tan refrescante para los estándares dogmáticos de la religión occidental, no soy capaz de desprenderme de un pragmatismo enfermizo que evita la idea de una entidad inmaterial que insufla vida y, sin la cual, no podemos considerarla como tal.

Hace unos días vi Soul, la última película de Pixar. Leyendo las anteriores líneas, sería lógico pensar que estuviera lejos de ser la clase de obra que conectara conmigo. Nada más lejos de la realidad. El alma, como metáfora, puede llegar a ser increíblemente poderosa. Es el punto en el que comienza a traspasar las barreras de lo literal cuando empiezo a arquear la ceja. Hay vanidad en pensar que lo que nos hace humanos es una suerte de fuerza cósmica propia y exclusiva de cada individuo. Hay vanidad en el transhumanismo y en la tautología inherente a que sea una persona la que plantee la pregunta: ¿qué significa ser humano? Hay vanidad en creer que hay un fantasma dentro del caparazón, en rechazar que no somos más que cascarones vacíos continuamente ensimismados en la ilusión de trascender.

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