Cine

Mulan no reconoce a Mulan

Es difícil pertenecer a la generación millennial y no haber crecido viendo las películas de Disney. Hay mucho potencial —y donde hay potencial hay peligro— en los primeros años de vida de una persona; lo que aprendimos a la vez que se formaron nuestros circuitos cerebrales sin duda definió quienes somos hoy en día, y muy probablemente quienes seremos hasta el final. Poca gente es consciente de esta realidad. Dudo que yo mismo lo hubiese sido de no haber estudiado Psicología. Hay pozos de conocimiento que encierran aguas de las que uno nunca habría bebido voluntariamente.

De esas películas en VHS, compradas o grabadas de alguna emisión televisiva, Mulan fue quizás la que más me marcó. Aladdin, Hércules o El emperador y sus locuras siempre las guardaré en un lugar especial de mi hipocampo (la región que almacena los recuerdos, grosso modo), pero fue Mulan la que creo dejó una huella significativa en mi personalidad. Estas cosas son engañosas. En realidad, es algo que nunca me había planteado hasta que vi el vídeo de Sage Hyden, alias Just Write, Why Mulan Mattered. Hyden hace referencia a su bisexualidad como uno de los porqués del impacto que tuvo en él la película: “Mulan fue mi guía a través de los mundos extraños de la masculinidad porque se sentía tan ajena a ellos como yo.”

No he llegado a explorar a fondo mi sexualidad y no me da miedo admitir que es una de mis tareas pendientes, pero no me ha hecho falta para que gran parte del discurso de Hyden —y, por ende, del subtexto de Mulan— resuene dentro de mí. Del mismo modo en que él titula su vídeo, Mulan importaba, puede que como la expresión más valiente de un Disney cuyo conservadurismo parece haberse acrecentado con el paso de los años.

Una de las críticas más manidas desde que se anunciaron los primeros detalles del remake en acción real de Mulan surgió con el anuncio de que contaría su propia historia, y que solamente tomaría el material original como base. En una época en la que parte del fandom ha desarrollado una ilusión de pertenencia hacia sus obras, no puedo decir que esta conversación me sorprendiera, desgraciadamente. Será porque, como consumidor, he aceptado que las obras no pertenecen más que a sus creadores, pero el hecho es que poco o nada me ha molestado que Niki Caro y su equipo hayan querido contar la historia que les ha venido en gana. El problema es que nos encontramos ante uno de esos casos en los que la trama se sostiene (no entraré a valorar si mejor o peor) como material individual, pero cae como un castillo de naipes en comparación con la original. Nada de esto sería un problema si de verdad hubieran querido contar una historia diferente. Obviamente, no lo han hecho.

Si hay algo triste en el arte es la inseguridad, que se traduce en problemas de identidad. Es triste que los intereses de la producción obliguen a coartar las ideas, intuyendo o más bien adivinando lo que pueda haber pasado en este caso. No hay problema alguno en contar una historia propia y diferente; sí que lo hay en morder la mano que te da de comer. La película de Mulan de 2020 existe porque la película de Mulan de 1998 existe, una realidad más que obvia, pero que no parece haberse llegado a aceptar dentro del set. Hay polémica en cuanto a la nueva corriente de remakes que apelan a una generación millennial ya adulta, pero no hay nada inherentemente malo en ello. El arte imita al arte o no lo hace; lo rechaza para crear otro tipo de arte. Todo ello está bien, así funciona. La tragedia reside en el punto intermedio, despojado de toda virtud epicureista, porque la equidistancia viene del miedo y abrazarla es desechar toda idea de personalidad.

Sin embargo, mayor tragedia hay en que una película dirigida por una mujer y que parece tener intentos de exponer un subtexto feminista caiga en un mensaje que considero directamente tóxico. En la película original nadie cree a Mulan cuando vuelve para alertar de que los hunos siguen con vida y planean secuestrar al emperador, y es lógico que en un mundo de hombres y en el que prima el honor no se tenga en cuenta la palabra de una mujer que ellos consideran deshonesta (una deshonestidad que nace como respuesta a una injusticia, en primer lugar). Es solo cuando fallan por no creerla que se dan cuenta de su error y confían en su liderazgo, y esa es la importancia de Mulan. En una de las últimas escenas, el emperador parece aleccionar a la heroína: “Robaste la armadura de tu padre, huiste de casa, te hiciste pasar por soldado, engañaste a tu superior, deshonraste al ejército chino, destruiste mi palacio (…)“, sin saber la audiencia que lo que está a punto de decir es la línea más importante de toda la película: “(…) y nos has salvado a todos“. Ni el honor, ni la familia, ni lo material están por encima de salvar vidas.

Podría entrar en varias escenas de la película de acción real que deforman este discurso hasta volverlo tóxico, pero me quedaré con la que considero que es la más significativa. En el film de animación, tanto el emperador, como el ejército y el pueblo chino se arrodillan ante Mulan, reconociendo el error en sus pensamientos y en sus tradiciones, para justo después ser nombrada consejera imperial. En el remake, es Mulan la que se arrodilla ante el emperador, quien le ofrece ser miembro de su guardia personal. El reconocimiento del valor de una mujer como parte de la política, en contraposición a su uso como guardaespaldas de una figura y un sistema que nunca la van a tratar como una igual. El chiste es pesado y no tiene gracia, pero se hace solo, y esa es la verdadera tragedia de Mulan.

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