Cine, Literatura

Conocer el hielo

Al momento de aterrizar, e incluso antes, cuando alcanzas a ver la isla de Honshu a través de la ventanilla sabes que estás lejos, muy lejos. Más lejos de lo que nadie ha estado nunca.

Cien años de soledad es el libro que me llevó a querer ser escritor. A día de hoy, no hay género que me fascine más que el realismo mágico, ni autor al que admire más que a Gabriel García Márquez, por haber hecho del pacto ficcional su bandera. Con decenas de libros pendientes y otros tantos a medias, he vuelto a él recientemente, porque la mitad de una obra es el momento en que se disfruta; las circunstancias específicas que te permiten conectar con ella o desecharla a las pocas páginas. Y volviendo a embelesarme, como no podía ser de otra manera, con las andanzas de la familia Buendía, me invadió un pensamiento que nunca había tenido antes y que hace referencia a una de las frases más célebres del libro: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Conocer el hielo. ¿Cómo podría alguien no conocer el hielo? Cuando la verdadera pregunta es: ¿Cómo podría un habitante de la costa colombiana durante el siglo XIX conocer el hielo?

Mi abuela nunca montó en avión. De hecho, jamás llegó a salir de España. La generación boomer conoció el auge de los primeros medios de comunicación audiovisual, la generación millenial hemos crecido junto a Internet y la generación Z da por sentada la globalización y accesibilidad de la información. Todos somos hijos de nuestro tiempo, como lo fueron nuestros abuelos, sus padres y ancestros, para quienes su realidad frecuentemente no escapaba a los límites del pueblo, del barrio o de la ciudad. Lo desconocido es un concepto obsoleto; todo lo que se conoce, puede saberse. Al menos en lo que al primer mundo se refiere, la falta de conocimiento ya no es consecuencia de falta de medios, principalmente. Y más allá. En el mundo prepandemia —y esperemos que también en el de después—, coger un vuelo desde España a casi cualquier destino de Europa apenas podía costar más que la compra de la semana. Aventurarse a lugares más lejanos requería y requerirá más recursos económicos, pero nada fuera del alcance de parte significativa de la clase media. Si a ello le sumamos que hasta el viaje más lejano apenas supondrá entre uno o dos días de nuestro tiempo, la distancia empieza a encontrarse con lo desconocido en el baúl de conceptos caducos.

Todo ello me lleva, como no puede ser de otra manera, a Japón, y más concretamente a Lost in Translation, película cuyo visionado había retrasado durante demasiado tiempo y que automáticamente se ha colado en mi podio de largometrajes favoritos.

Siendo sincero, no logro recordar dónde leí o escuche la frase “para un occidental, Japón es el lugar más extraño y ajeno al que puedes viajar”, y dentro de que pierde sentido si se toma de forma literal, creo que entiendo lo que aquel desconocido o desconocida quería decir. Lógicamente, África, la Antártida o Bután, por nombrar algunos destinos, se antojan más exóticos por definición. Sin embargo, y sin haber llegado a estar en ninguno de ellos, creo que puedo imaginarme por qué Japón infunde un sentimiento de extrañeza tan especial e incomparable. “Es como si nuestra cultura y nuestro modo de vida hubiesen sido pasados por un filtro; todo es familiar, pero a la vez nada lo es”. No sé hasta qué punto alcancé a explicar esa emoción a mis amigos y allegados una vez regresé de mi viaje a Tokio, Kioto y parte del Japón rural, pero no creo que haya mejor manera de expresarlo que como lo hace Sofia Coppola en la segunda escena de Lost in Translation, con el personaje de Bill Murray embelesado desde el taxi mientras recorre las calles de Shinjuku; una escena que luego se recreará con el personaje de una jovencísima Scarlett Johansson y que he elegido para abrir estas líneas.

No hay menos que genialidad en elegir Japón, a principios de los 2000, como escenario del romanticismo moderno. Hablo de romanticismo en el sentido más artístico de la palabra, lejos de su connotación contemporánea como imagen de la idealización de las relaciones amorosas. No entraré a valorar la dinámica entre Bob y Charlotte más allá de decir que, dentro de ser igualmente hija de su tiempo y de las convenciones del cine de principios de siglo (como que el mayor de los dos sea el hombre y no la mujer), goza de una sensibilidad impropia de la época, y lo que pasa es que no es una película de amor. Es el intimismo hecho film, y la pérdida convertida en motor. Ambos personajes, cuyas circunstancias no pueden ser más diferentes, se ven unidos por una sensación desesperada de extravío, que no encuentro mejor forma de reflejar que en el modo en que un país como Japón me hizo sentir a mí y te hizo o haría sentir a ti.

Y no es mala la pérdida; es la única forma de llegar a donde no se ha estado nunca, la sola vía para que las generaciones que hemos tenido el mundo a nuestro alcance experimentemos algo parecido a lo que Aureliano Buendía sintió aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

1 comentario en “Conocer el hielo”

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