Psicología, Videojuegos

Jugar rápido, jugar despacio

Entiendo que existan páginas como HowLongToBeat.com, una suerte de enciclopedia de videojuegos en la que se desglosa su duración según diferentes acercamientos, a saber: historia principal, historia principal más extras, completista y una media de todos los anteriores, según datos de usuarios reales. Es una herramienta práctica, útil, necesaria en muchos casos, y mentiría si dijera que no la he visitado más de una vez para medir, calcular, pormenorizar los recursos temporales y energéticos que estoy dispuesto a ofrecer a una determinada obra. Lo entiendo del mismo modo en que me horrorizo al escribir estas líneas.

Hace unos meses leía al genial Jorge García en Espada y Pluma: “Aunque no nos demos cuenta, las dinámicas con las que nos relacionamos con el ocio y las aficiones acostumbran a olvidar por completo el propio disfrute. Consumimos cultura, en muchos casos, a fuerza de obligación e insana necesidad.” Creo que todo aquel interesado por la cultura ha debido llegar a la conclusión de que nunca verá, leerá o jugará a todo aquello que le gustaría; una vida humana es insuficiente para el arte inabarcable, igual que lo es para visitar hasta el último rincón del planeta natal antes de abandonarlo para siempre. No es una visión fatalista, sino necesaria, pero que temo ha traído consigo un terrible efecto secundario: matematizar la cultura, pues el arte ya no se disfruta, se consume.

Y se consume como un plato precocinado, en el que no se gasta demasiado dinero por comprarlo ni esfuerzo por calentarlo, y por ello no nos importa su calidad mediocre. O quizás como una comida en un restaurante de lujo, de cuyos platos rebañamos hasta la salsa pese a que las raciones fueran escasas o el precio desorbitado. Consumir es un concepto económico, inherentemente capitalista; el uso o disfrute de algo por lo que se paga, y desde luego que la relación entre el arte y el dinero viene de largo. La rentabilidad es condición necesaria en la cultura, como lo es en todo proyecto que requiera financiación y de cuyo resultado dependa el sustento económico de personas y empresas. El sistema no escapa al sistema, y lo realmente grave es que nosotros, los consumidores, también parecemos abocados a caer en su trampa.

En el mismo orden de cosas, llevo alrededor de 115 horas jugadas a Persona 5, en un periplo que carga con tres años, dos plataformas y otras tantas mudanzas a sus espaldas. El contador de The Witcher 3, por su parte, llega a las 90 horas, y mi última sesión de juego data de hace más de un año. Algunas menos, aproximadamente 30 o 40, he alcanzado con Pillars of Eternity desde que me lo comprara, poco después de su lanzamiento. No he terminado ninguno. Y lo haré, algún día. No los he desechado, no he renunciado a ellos, no han perdido su magia. Simplemente, están ahí. Llevan años ahí. No se van a mover de ahí. Y me gusta que así sea. Es la base de mi acercamiento a los videojuegos, en el más literal de los sentidos; cuando no sé a qué jugar, cuando ningún lanzamiento reciente me satisface o cuando siento angustia al mirar mi lista de Steam, me tranquiliza la idea de tener esos imprescindibles que, por su concepción, son inabarcables y, por su buen hacer, de una calidad sobresaliente.

En un mismo corte emocional podría nombrar títulos como Stellaris, Civilization o el reciente Dyson Sphere Program, que son lo más parecido a una partida de ajedrez por correspondiencia que tengo con mi ordenador. En este caso, no es que no quiera terminarlos con rapidez (ha habido campañas de Stellaris que he abandonado por pura desidia), es que me resulta imposible. Mi relación con ellos es la que debe ser: lenta, pausada, prolongada a lo largo de días, semanas o meses, pues es lo que requieren de mí. Un imperio interestelar, la mayor civilización que el mundo haya visto o una maldita esfera de Dyson son proyectos que no pueden ser apresurados. La estrategia requiere de tiempo. La gestión y la optimización, aún más. Como siempre se ha dicho en mi tierra, Zamora no se hizo en una hora.

La otra cara de la moneda la pueblan juegos como The Binding of Isaac, Slay the Spire o HADES (roguelikes en su mayoría), de los que me asombro cada vez que se me ocurre mirar el contador de tiempo acumulado. Sobrepasando la centena de horas en todos ellos, rara es la sesión en que les dedico más de una o dos de forma ininterrumpida. Nunca he sido completista, no me importan demasiado los logros, más que el desafío que estos títulos puedan ofrecerme en una sala de espera, un viaje en autobús o un rato muerto en el sofá. Tienen un espacio y una forma radicalmente diferentes a los títulos nombrados en los párrafos anteriores, comparable al hecho de que nadie lee de la misma forma una autobiografía que una antología de relatos, o no ve de igual manera una película independiente y una comedia de situación.

Carácter e interpretación son tan flexibles como juncos.

En 2011, el psicólogo Daniel Kahneman escribió su libro Pensar rápido, pensar despacio, cuyo título he tomado como inspiración para este artículo. En él, Kahneman indaga en los procesos de toma de decisiones, y diferencia entre el pensamiento rápido (intuitivo) y lento (reflexivo). Ninguno de ellos es mejor que el otro; son diferentes, y apropiados según la situación. Del mismo modo, no hay una mejor forma de jugar que otra: rápida o lenta. Relaciones diferentes para obras diferentes, y todas ellas sanas, incluso si completas The Witcher 3 en una semana porque te apasiona su historia o empleas tiempo, esfuerzo y constancia en The Binding of Isaac a lo largo de meses para conseguir hasta el último de sus logros. Toda relación es válida siempre que sea sana (y esto no solo se aplica para las relativas a la cultura). El problema llega cuando nos obligamos a terminar una obra antes de ponernos con otra que nos motiva más, cuando queremos jugar al título del momento por moda o cuando contemporizamos el tiempo que le vamos a dedicar a ese juego en oferta que compramos sin mucho convencimiento. En fin, cuando cruzamos la no tan delgada línea roja y pasamos de ser jugadores a consumidores.

2 comentarios en “Jugar rápido, jugar despacio”

    1. Parece contradictorio que, a veces, nos cueste disfrutar de las aficiones. Yo soy el primero que tengo que parar de tanto en cuanto para no agobiarme con lo que “tengo” que jugar. Muchas gracias por leerme y me alegro de que te haya gustado 🙂

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