Cine

Gambito de dama es un shōnen

No acostumbro a mantener suscripciones a plataformas tipo Netflix, HBO o Disney+, y lo que pasa es que me cuesta seguir el ritmo exigente de las series. En mi caso, es un mal que viene de lejos y no solo se circunscribe a este tipo de emisiones; libros, videojuegos o incluso sagas de películas que no terminan de engancharme han sido históricamente mi talón de Aquiles. Lo admito: no tengo paciencia. Cada vez tengo menos, me esfuerzo por tener más y debería tener menos todavía. La cultura es emocional, al fin y al cabo. Obligarse a consumirla es un tema que ya traté en la columna inmediatamente anterior y a la que os remitiré antes de caer en el riesgo de repetirme. Todo ello se junta con un juego de extremos. Por lo general, no sé lo que es seguir una serie de forma moderada, después de un largo día y como distracción solamente. Si algo no me llama: no lo veo. Si me llama: lo devoro. Gambito de dama ha entrado en esta última categoría, hasta el punto de habérmela tenido que racionar al momento en que vi que el contador de episodios totales apenas ascendía a siete. Pero qué siete. Qué viaje. Qué historia tan apasionante…

…de la que no me acordaré la semana que viene.

No sé dónde escuché aquello de “escribir es hacerle promesas al lector; no te voy a contar esto todavía, pero te prometo que lo haré si sigues leyendo”. J. J. Abrams, por ejemplo, es un experto en ello, habiendo incluso patentado la llamada mystery box. Un nombre con gancho que apela a una técnica de planteamiento críptico, pero no demasiado, lo suficiente para que, reforzado por el comentario en redes, se retroalimente a lo largo de semanas, meses o años en forma de teorías interminables que aumentan todavía más el interés por algo para lo que ni el propio creador tiene una respuesta. Es un método ingenioso y genial en grandes producciones, y no es casualidad que, tras el éxito de Perdidos, a Abrams le encargaran sendas continuaciones de las sagas Star Trek y Star Wars. El problema de esta forma de narrar es que enfatiza el comienzo en detrimento del desenlace. No es que el final vaya a ser necesariamente malo, sino que difícilmente llegará a cumplir las expectativas hiperinfladas de un planteamiento que promete demasiado, y cuya retroalimentación por parte de los lectores o espectadores lo ensancha aún más. Pese a que el final case temática, tonal y coherentemente con el principio, jamás podrá llegar a estar a la altura de unas expectativas irreales (véanse los finales de Perdidos o El ascenso de Skywalker).

Y es que hacer promesas es solo el primer paso, uno que Gambito de dama, al igual que el director neoyorkino, cumplen a las mil maravillas. La propia Netflix la encuadra como drama dentro de sus categorías, junto a otras como sesuda (?), íntima y emotiva. Quizá me dejara llevar por las expectativas al confiar en estos apelativos, pero en mi defensa diré que la serie no paró de prometerme conflicto: familiar, deportivo, personal, con las drogas, con el machismo, con la sexualidad… Que en el mejor de los casos se resuelven de la forma más simple, y en el peor se obvian cuando más deberían tratarse. Qué evidente me pareció que la serie se trataba de una ficción al terminarla, y qué mala señal resulta esto. La única conclusión satisfactoria a la que llegué fue que Gambito de dama, en realidad, es un shōnen deportivo, como Captain Tsubasa, Haikyuu!! o Yuri!!! on Ice, con sus villanos, sus escaladas de poder y el final previsible en el que el protagonista siempre gana, ayudado por sus amigos y con una o dos lecciones aprendidas por el camino. Qué despiste por parte de Netflix no haberla incluido en esta categoría. Quizás, si lo hubiese hecho, no me habría sorprendido la irrelevancia que ha cobrado para mí en apenas unos días.

Algo parecido me pasó a principios de este mismo año con Historias del bucle, la adaptación en serie televisiva de las ilustraciones retrofuturistas y casi oníricas de Simon Stålenhag. De hecho, creo que aquel caso fue todavía más sangrante, pues acabé fascinado por su ritmo pausado y una fotografía que no desmerece el contenido original. Sin embargo, apenas un mes después de ese supuesto embeleso me he visto sorprendido al recordar que la había visionado hacía tan poco tiempo. Quizás sea yo, que salto de obra en obra como el que no se para más de unos segundos en las bandejas de un bufet, o que exijo a todas las obras que me atrapan una permanencia en mi memoria. Puede que me cueste aceptar que hay obras buenas o notables que enganchan de la misma forma que las sobresalientes o las obras maestra, pero que no llegan a tal estrato precisamente por fallar en lo perenne. Aunque quizás también tenga algo que ver con ese rótulo de “Netflix Original” o “Prime Original”; series que se crean específicamente para que cueste no darle al botón siempre accesible de “siguiente episodio”. Obras presumiblemente ambiciosas, incluso de nicho, algunas, que sobresalen a la hora de prometer, porque es lo que funciona en el recuento de datos: pulsar ese dichoso botón. Producciones que son productos, siempre menos ambiciosos de lo que se anuncian; no conviene agobiar al lector con una trama demasiado compleja, o dejarlo con un poso tan hondo que necesite un respiro de días o semanas antes de volver a consumir.

Este mes he descubierto a Wong Kar Wai, y prometo que no caigo en la hipérbole cuando escribo que nunca en mi vida he visto nada igual en una sala de cine. Deseando amar goza de una sensibilidad que creía haberse perdido a la hora de tratar las relaciones románticas, 2046 es tan sumamente experimental por momentos que me atrapa como una lámpara a una polilla, y me frustra la idea de no llegar a ver Días salvajes y Blossoms —los dos films restantes de su tetralogía— por lo inaccesible que es su obra en España. Junto a Wai y su filmografía rememoro Cold War, la primera película que vi en 2018, o Sieranevada, mi favorita de 2017. Dentro de todas sus bondades, si por algo destaca el cine independiente es por no estar tan sujeto a la maquinaria de una superproductora, que se traduce en ese fenómeno cada vez más reducido de la libertad artística. Y admito que la barrera de entrada a estas obras es mayor. Ni yo puedo decir que me guste todo de ellas o que me atraparan en su momento en mayor medida que el shōnen de temporada, pero todavía las recuerdo. No voy a tener que recurrir a ningún tipo de lista o a una referencia explícita para que vuelvan a mi memoria porque su experiencia fue significativa, en el sentido más puro de la palabra. Todo lo que prometían estas películas lo cumplieron, y más allá (la falta de expectativas juega a su favor). La calidad siempre saldrá a flote en el maremágnum de la cantidad, aunque con cada vez más esfuerzo se nos quiera disfrazar la segunda de la primera.

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