Reflexiones

Nadie se va nunca del todo

Empiezo este texto a pocas horas de que se vaya alguien a quien he querido. Decía Joaquín Sabina que uno solo escribe bien cuando está triste. Es mentira; forma parte de la idea tóxica del escritor atormentado. Uno escribe bien cuando está bien, pero, por contra, era Manuel Vilas el que hablaba de las urgencias morales. Y es que hay momentos en los que no solo escribir, sino que te lean forma parte de una urgencia moral. Al inicio de la pandemia escribí Débiles, y a día de hoy considero que es uno de los mejores textos que he escrito en esta página, porque nace de una urgencia moral. Nace de la necesidad de transmitir nuestra fragilidad a un mundo que vive en la ilusión de la permanencia. Hoy escribo desde la urgencia moral de la muerte, y más allá: desde lo que supone afrontar la muerte, sentirla cercana, ver cómo apaga lo que una vez estuvo encendido. Es ver el final desde su naturaleza, como condición necesaria para lo que tuvo un principio.

Cuando supe que uno de mis gatos, Luke, había entrado en sus últimos días, fue mi madre la que me dio la opción de no ir a Madrid, donde ha vivido con ellos desde que dejamos la casa familiar, en Salamanca. En la única forma en que una persona que quiere a otra respondería, me ofreció la posibilidad de no ir, de ahorrarme ese mal trago. Al fin y al cabo, ojos que no ven, corazón que no siente. Y en parte es así, por eso no tardé en decidir que quería ir y estar allí, con ella y con él. Quería ir porque quería sentir. Creo que parte de que se sobredimensione la muerte viene por unas raíces hedonistas del sistema en el que vivimos. Siente lo bueno hasta el extremo y rechaza lo malo. Sentir cuando son emociones agradables está bien, pero no cuando debemos afrontar la tristeza, la pérdida, la frustración, el abandono o la muerte. Qué mentalidad tan tóxica, cuando lo único seguro es la muerte y las emociones asociadas a ella. Perdérselas es perderse la mitad de la vida, y más allá: es llegar a momentos así preguntándose “¿y ahora qué?”

Ahora nada. Estamos y dejamos de estar sin que ello cambie nada a nuestro alrededor, y creo que eso es lo más desconcertante de la muerte: su irrelevancia. Vivimos con la idea implícita de que cuando llegue el momento en que muera un ser querido, todo nuestro mundo cambiará, porque la existencia de esa persona, animal o quien sea ha sido significativa. Y, efectivamente, lo ha sido. Para nosotros. Para otras personas contadas, si se da el caso. Pero para nadie más. Por ello, si me muero mañana, mis seres queridos me llorarán, pero nada más cambiará, y llegará un momento en que incluso ellos seguirán con sus vidas, y ojalá que sea lo más pronto posible. Porque la muerte no importa en mayor medida que la vida. Así que ojalá que disfruten de mi fortuita presencia en este mundo y sigan con la suya si tengo la suerte o la desgracia de morir antes que ellos. Como canta Billie Eilish: “dime qué es mejor, si vivir o morir primero”.

Y lo que más me duele, más aún que todas las trampas de mi cerebro emocional, intoxicado por una concepción fatalista de la muerte —sean cuales sean las circunstancias—, es no estar allí, en Madrid, ahora que todo se ha acelerado, que Luke no puede más y que no voy a llegar a tiempo antes de que se vaya. No es un sentimiento egoísta, no me refiero a despedirme de él, aunque me hubiese gustado sentir todas esas emociones desagradables y contradictorias de primera mano, porque si no es ahora las tendré que afrontar en el futuro, cuando esto vuelva a pasar. Quería que él, desde su inconciencia, me enseñase esa lección, como nadie hasta ahora me la ha enseñado. Y quería estar con mi madre, compartir su sufrimiento, que no reducirlo, porque eso es imposible. Por muy preparado que estés, el golpe siempre duele, y ojalá tener a alguien que te sujete cuando te lo lleves. Pero ojalá también desdramatizar la muerte y experimentarla de forma tan natural como experimentamos la vida. Vivimos como si nunca nos fuéramos a morir y esa es la verdadera tragedia.

***

Luke ha muerto. Y la nada de antes se junta con la nada de ahora. Vuelvo a pensar que morir tiene la misma repercusión que cruzar un paso de cebra: ninguna. El dolor y el sufrimiento vienen de la anticipación, y se acrecientan si tienes que experimentar los últimos días de un ser vivo, que nunca son agradables, por antonomasia. Y del después, del tiempo previo a asimilar la muerte, que no es más que la aceptación del cambio permanente, de una realidad que era y ahora es de otro modo. Pero la muerte es un alivio, tanto para los que se quedan como para los que se van, y es un alivio porque pone orden donde hay caos. La muerte no es caótica, como tampoco lo es la vida; son dos estados diferentes, ni buenos ni malos, ni mejores ni peores. El caos reside en la vida que no es vida, pues quiere o necesita ser muerte; en la contranatura de obligar a persistir lo que debe desaparecer, y viceversa. Siempre digo que quiero ser yo el que decida el momento de mi muerte, pero no sé si tendré el valor necesario para tomar esa decisión. Me gana la repudia cultural a la muerte, aunque sea en pos del sufrimiento vacuo. Así que solo espero tener la valentía cuando llegue el momento, porque cuando llegue lo sabré y solo necesitaré el valor que ha tenido mi madre al llevar a Luke a morir.

Y me gusta decir la palabra “morir”. La digo demasiado poco al referirme a ello, de nuevo intoxicado por los eufemismos que pueblan los diarios. Quizás por eso casi siempre escribo sobre la muerte, cuando escribo sobre temas que no conciernen a la rabiosa actualidad, el slow journalism o alguna tontería por el estilo. Escribir sobre la muerte es mágico porque es hablar sobre el gran misterio. Hay morbo por la muerte, como el niño que en los noventa (ahora han cambiado los métodos) ojeaba una revista porno de su padre. Con curiosidad, sin entenderla demasiado, con la intuición de que es algo inapropiado, vetado, pero a lo que llegará tarde o temprano. El sexo y la muerte son los grandes misterios de la existencia humana, y debería escribir más sobre lo primero, pero no sé cómo. Así que escribo sobre lo segundo.

No tengo intención de suicidarme, por el momento. Al menos no mientras tenga calidad de vida. Puede que deje de tenerla a los ochenta, a los cincuenta o a los treinta. No lo sé, y eso está bien. Solo quiero saber que me voy a morir unos días antes de que ocurra, unas semanas, a lo sumo. Lo suficiente como para poner mis asuntos en orden y no parar de repetir a los que me vayan a llorar que no lo hagan; que me incineren y se vayan a un bar y brinden por mí con una cerveza y se metan una buena comida o una buena cena y celebren la vida ahora que mi muerte les ha dado la perspectiva suficiente para hoy, en el día de mi muerte que es ese hoy, celebrar la vida de verdad. Porque hasta en la muerte hay vanidad, en que te lloren y ser llorado, en provocar sufrimiento a través de la putrefacción. Morir como Dios manda es cobrarle ese impuesto a los vivos. Si no, parece que la muerte tiene aún menos sentido. Y es todo lo contrario: “nadie se va nunca del todo”, como rezaba el personaje que le dio nombre a mi gato, pero siempre y cuando el recuerdo sea agradable. Los recuerdos desagradables los acabamos eliminando porque así es como funcionamos. La única realidad es que vivimos hasta el preciso instante en que muere la última persona que guarda de nosotros un recuerdo bonito.

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