Psicología, Videojuegos

La trampa de Zeigárnik

Cómo son las cosas, lo que iba a ser la columna de la semana pasada la he visto transmutada en una suerte de artículo, tanto por duración como por carácter. Bendito quebradero de cabeza, pues después de haber traído el cine y las series como tema durante varios textos casi consecutivos, me apetecía volver a escribir sobre videojuegos. Para leerme escribir sobre Persona 5 y el discurso hiperbólico (el tema de dicho artículo), sin embargo, deberéis acudir a la fantástica HyperHype la semana que viene, mientras que hoy aquí voy a hablar de algo más simple que fácil, pero cuya pronunciación imposible no debería asustarnos demasiado.

Prólogo aparte, empezaré escribiendo sobre lo ventajista que me siento a veces cuando pienso por qué nunca quise dedicarme a la investigación. Adelante con ello a quien le apasione, no me entendáis mal, pero resulta irónico que, tras una carrera y un máster y medio de la rama de ciencias de la salud, lo que verdaderamente me interese ahora, a mi veinticinco años y en uno de los impasse más grandes de mi ya no tan corta vida, sea la filosofía. No solo la encuentro contradictoriamente más manejable, sino también más amplia, más holística, y repleta de trazos de verdad entre sus borrones. Lo que dice la ciencia no es verdad ni es mentira: es o no es, o en su defecto todavía no se sabe. Y encuentro poco menos que hastío en esa suerte de determinismo. Quitémonos las caretas: somos seres emocionales, más cerca de la filosofía que de la ciencia por naturaleza. Por ello es tan fácil manipular con la primera y tan difícil que cale la segunda en el ideario colectivo. De nuevo, no quiero que se me malinterprete. Valoro la ciencia como lo que es: una herramienta necesaria para el progreso, el camino a través del cuál nos podremos acercar lo máximo posible a las grandes verdades sobre los grandes temas. Pero qué puedo decir, como psicólogo mi interés reside en las personas, y encuentro en la filosofía la sola vía para distinguir el gran dibujo de la moral y la ética a nivel global. Quizás esté equivocado, quizás debería limitarme a lo que mi ciencia me dicta. Pero la ciencia es fría y, la verdad, siempre he tenido miedo a que mi apellido acabe como nomenclatura de Dios sabe qué fenómeno, efecto o enfermedad.

Esto es algo que no pareció importarle a la psiquiatra, psicóloga y pedagoga soviética Bliuma Zeigárnik, probablemente una de las mujeres más desconocidas en la historia de mi maltrecha ciencia. Así, es probable que ni su nombre ni su obra os suene, y no es para menos: yo tampoco había leído sobre ella hasta hace apenas unas semanas. Me pregunto si solo alguno de los numerosísimos hombres blancos que poblaban mis apuntes de la universidad podría haber sido sustituido por la científica rusa, pero ese es tema para otro texto. Y me atrevería a decir que su trabajo ha sido uno de los más relevantes dentro de la psicología a lo largo del siglo XX, por lo amplio de sus consecuencias. Si os preguntáis por qué funcionan los cliffhangers, los tráileres, ciertos géneros enteros o en qué se basan la gran mayoría de videojuegos para mantenernos con el mando entre las manos, aquí está la respuesta.

La definición del efecto Zeigarnik es tan simple que a muchos les hará arquear la ceja, preguntándose si de verdad tiene tantísimas implicaciones: tendemos a recordar mejor las tareas inacabadas que las tareas acabadas. No es que Zeigárnik inventara este fenómeno. Esto es ciencia, no ingeniería. Aquí no hay inventos, sino descubrimientos. “Dejarnos con la intriga” es algo que el arte lleva haciendo desde hace siglos, del mismo modo en que ahora se recetan antidepresivos sin saber muy bien por qué funcionan. Hasta que no existe una seguridad fehaciente (si es que llega a haberla en algún momento) las aplicaciones de la ciencia generalmente se rigen por la noble práctica del ensayo y error; no necesitamos saber por qué funciona algo, mientras funcione. Sin embargo, una vez que se desentraña el porqué, todo se vuelve más complicado. No soy experto en marketing, pero puedo imaginarme la revolución que debió suponer este descubrimiento en el entramado capitalista de la segunda mitad del siglo pasado. De un día para otro, como quien dice, tuvimos (y tenemos) en nuestra mano la clave para mantener interesada a una persona en un asunto concreto, aunque fuera a través de la vía perversa de la necesidad. Quién nos iba a decir que las promesas incumplidas nos atraerían como polillas a una lámpara.

Aunque no lo parezca, hoy quiero hablar de videojuegos. Más concretamente, de un género extraoficial de videojuegos al que, de forma lo más original posible, he bautizado como “género Zeigarnik”, a saber: la saga Civilization, Stellaris, Total War (y gran parte de los títulos encuadrados como gran estrategia), Cities Skylines, Stardew Valley, Dyson Sphere Program (y todas las obras que tienen como objetivo la gestión infinita), HADES, Loop Hero, The Binding of Isaac (y el resto de la cordillera kilométrica de roguelikes/lites), Far Cry, Spider-Man, Assasin’s Creed (y cualquier juego de mundo abierto que hace uso de puntos de desbloqueo del mapa), y un larguísimo etcétera.

Os hacéis a la idea.

¿Hay algo inherentemente malo en todo ello? ¿En utilizar el conocimiento sobre la psicología para mantener la atención sobre tus obras? No, necesariamente. Incluso yo pienso en ello cuando configuro un artículo o una columna, o ahora que quiero embarcarme en textos más largos y ambiciosos. La atención es tan complicada y engañosa como importante. De forma lógica, uno de mis objetivos con estos párrafos es mantener esa atención tuya tan volátil (al igual que la mía) porque creo que merecerá la pena emplear unos minutos de tu tiempo en leer mis palabras. Lo utilizo, pues, como medio, aunque de ninguna forma como fin. Creo que se da una confusión muy habitual cuando dedicamos mucho tiempo (sobre todo si es consecutivo) a una obra. “Me he pasado todo el día jugando a Assassin’s Creed: Odyssey”, “ayer estuve hasta las cinco de la mañana con mi campaña de Stellaris”, “llevo una semana entera sin jugar a otra cosa que el Loop Hero”. Parece existir una tendencia a pensar que, si estos juegos han logrado captar tantísimo nuestra atención es porque, en efecto, son buenos. Y seguramente lo sean. Pero, ¿hasta qué punto? ¿Dónde termina nuestra percepción meditada del juego y empieza el sesgo, por la única razón de que el título en cuestión hace un uso feroz del efecto Zeigarnik?

En mi caso, es algo que me ocurre con Civilization, una saga a la que llevo jugando desde su segunda entrega, que tiene casi tantos años como yo. No sé cuál es el mejor de sus seis lanzamientos, sin contar spin-offs, y ni siquiera tengo claro si uno me ha llegado a gustar especialmente más que otro. Me gusta la saga, su concepto, pues me gusta la historia y quiero pensar que en otra vida habría sido arqueólogo, antropólogo o propio historiador. Si tuviera que calificarlos por lo que me han hecho sentir y las horas que me han mantenido delante de la pantalla, puedo asegurar que no lo tendría nada claro. Amo Civilization II con toda mi alma, pues fue uno de mis primeros juegos de ordenador, y guardo muchísimo cariño a Civilization IV, por ser el que esperé con más ansia, allá en 2005. Por otro lado, el V y el VI fueron los que más me atraparon, ya como adolescente y adulto, respectivamente. ¿Son buenos juegos de estrategia? Supongo que sí. ¿Tienen fallos y debería dársele una vuelta de tuerca a la premisa? Creo que sí. Y con todo y con eso, me aterra pensar que cambie una fórmula que consigue sostenerme a la silla hasta que me olvido de mis necesidades básicas. No soy objetivo (nadie lo es) porque no concibo que eso pueda cambiar, porque si han conseguido engatusarme a lo largo de los años será que su concepción es perfecta para mí, invariable en su núcleo, tal y como se ha mantenido desde 1991. ¿No?

Dudo de si es justo despreciar parte de la subjetividad. Hasta la crítica más especializada guarda algo de emoción en su interior, y así es como debe ser. El problema es que la subjetividad no son solo emociones, sino también sesgos, condicionamientos, zancadillas cognitivas y conductuales. Aprecio que una obra dé con la tecla de la atención, pero no tanto que se base en ella. No tanto que nos basemos en ella al formular juicios. Imagino que el techo al que podemos aspirar es una objetividad ilusoria, que no es más que una subjetividad medida. Y todavía me da miedo pensar, cuando escribo un texto o valoro una obra, cómo de lejos seguimos esto último.

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