Cine, Psicología, Videojuegos

La depresión del después

Existe un arquetipo de personaje muy concreto, tanto que dudo incluso de su formalidad. Lo descubrí (si no lo inventé) con mi primer visionado de Final Fantasy VII: Advent Children, que a día de hoy sigue siendo la mejor peor película que he visto. Es desde entonces que he querido escribir sobre ello, pero no ha sido hasta ahora, cuando he vivido una situación similar en primera persona —y cuya inminente remasterización me ha recordado la existencia del film—, que no he podido juntar las letras suficientes. La realidad es que mi lista de proyectos supera con creces la que registra los ya escritos, y si consiguiera plasmar todo aquello que me viene a la mente es posible que ya estuviera viviendo de esto.

Final Fantasy VII es atrapante y, para un neófito en la saga como yo, su remake lo fue aún más. Me cuesta creer que la historia de Cloud no llegue a la gran mayoría de sensibilidades, y digo “de Cloud”, su protagonista, porque no quiero que despiste la coralidad de la obra. Supongo que a estas alturas debería haber puesto un aviso de spoilers sobre, digamos, todo lo que se considera dentro de la compilación de Final Fantasy VII. Aun así, y como ocurre con los presentes en esta página, pretendo que este texto sea universal, por lo que es bienvenida la lectora o lector que se haya visto atraída por el título y tenga igual curiosidad por este fenómeno que he bautizado como “depresión del después”. El caso es que no he encontrado una expresión en español que traduzca literalmente la palabra aftermath: las consecuencias e implicaciones relacionadas con un suceso desagradable. En mi caso, dicho evento ha sido el fin de una larga y tortuosa relación familiar, pero en el tuyo puede ser una ruptura sentimental, una mudanza, un cambio de trabajo, una enfermedad o una muerte. Y lo más fascinante es que me apoyo, pero no me refiero a nada de ello, pues vengo a escribir del después. Del simple, irrefrenable e insidioso paso del tiempo que sucede a la catástrofe. De la calma no antes, sino tras la tormenta y lo único más duro que superar las peores fases de un trauma: aprender a vivir con él.

La historia de Cloud es la historia contra Shinra y contra Sefirot. La primera, una mega empresa con un enorme cuerpo paramilitar y suficiente poder fáctico como para haber establecido una suerte de autocracia en gran parte del escenario en el que se ambienta el juego. El segundo, un súper soldado megalómano cuyo único objetivo es recuperar el poder de un ente alienígena y convertirse en un semidiós gracias a hacer estrellar un meteorito contra el planeta. Probablemente, el extremo opuesto a una trama ligera, que a nadie sorprenderá si tenemos en cuenta que supone el encuadre de un JRPG (Japanese Role-Playing Game), género conocido por apoyarse en argumentos especializados en no dejar a nadie indiferente. Os ahorraré las cuarenta horas de juego: Cloud y su equipo ganan. O, más bien, Shinra y Sephirot pierden, pues ninguno de los dos deja de existir y, para cuando llegamos a los títulos de crédito, ambos villanos solamente ven truncados sus planes originales.

Aquí es donde entra Advent Children, una película creada enteramente a través de medios informáticos y que sirve como continuación directa a los eventos del juego. Dos años después de la caída de Shinra y Sefirot, una extraña enfermedad similar a un tumor, llamada Geoestigma, se esparce de forma virulenta como consecuencia indirecta de la forma en que el villano es derrotado (para los que no hayáis jugado a Final Fantasy VII, creedme, no queréis saber los detalles). Como si de un símil emocional se tratase, el comienzo de la película abre con un Cloud deprimido, también infectado de Geoestigma y que vive ahora alejado de sus seres queridos. Por detalles del guión del juego que no voy a explorar, la aventura original resulta especialmente traumática para nuestro protagonista, que no solo sufre una suerte de trastorno de personalidad, sino que experimenta de primera mano su incapacidad para salvar a las personas que quiere. Una impotencia que se ve reflejada especialmente en la muerte de Aeris, y que apostaría que es un sentimiento que el propio título procura transmitir al jugador.

Como no podía ser de otra manera, este aparente cambio “injustificado” en la conducta del que había sido el héroe del juego de rol más importante de la quinta generación trajo consigo numerosas críticas, especialmente de una sección del público masculino que veía truncada su fantasía de poder. “Cloud no puede estar deprimido” parecía ser el discurso de estos airados seguidores, porque, ¿qué sentido tenía? Había salvado el mundo y se había quedado con la chica (aunque el romance con Tifa nunca se haga evidente, su perfil parece aludir al tropo del interés romántico del protagonista). Para sorpresa de nadie, el subtexto de Final Fantasy VII, centrado en la identidad, la pérdida o el ecologismo, había pasado de largo para gran parte de su público. Esto tampoco extraña, pues creo que podríamos deducir sin mucho esfuerzo la premisa sobre la que se vendió y el target al que se dirigía, especialmente en el mercado occidental: una gran aventura de acción (?) enfocada al público masculino joven. Desde luego, no se animaba a la reflexión o al comentario en sus orígenes y ello devino en una visión irremediablemente sesgada de la historia.

Ahora, veinticuatro años después del lanzamiento de Final Fantasy VII y dieciséis tras la salida de Advent Children, llego como uno de tantos críticos, articulistas, ensayistas y columnistas que se han esforzado por defender el tratamiento que Tetsuya Nomura, director del proyecto, Yoshinori Kitase, productor, Kazushige Nojima, guionista, y otras figuras ilustres le dieron a Cloud. Un nuevo enfoque todavía más gris, decadente y crudo que en la obra original.

La vida es sufrimiento. No lo digo yo, sino la primera Noble Verdad del Budismo, doctrina de la que procuro no distanciarme demasiado. En realidad, lo que esta Verdad, duḥkha, afirma es que en la vida existe el sufrimiento como parte inherente. Este sufrimiento es causado por el deseo y únicamente puede ser paliado a través de la iluminación o nirvana, que consiste en eliminar dicho deseo. Muerto el perro, se acabó la rabia, para que nos entendamos. Sin embargo, no es tema de este texto hablar sobre los preceptos budistas, aunque sí me gustaría aferrarme a esa innegable existencia del sufrimiento, pues es algo en lo que creo que estaremos todos de acuerdo. Nuestro paso por este mundo es desordenado, confuso y lleno de problemas que debemos afrontar casi a diario, seamos el héroe o heroína de una historia épica o, simplemente, tú y yo. Superar obstáculo tras obstáculo es duro y estresante, más cuanto mayor sea su gravedad. Tanto como tratar de hacer vida normal después, como si no hubiese pasado nada.

Siempre he pensado en la ansiedad y la depresión como dos caras de la misma moneda. Quizás por eso muchas veces se presentan juntas, en lo que se denomina de forma técnica como cuadros ansioso-depresivos. Ambas suponen estrategias de afrontamiento; la primera, como una respuesta de temor e inquietud, de preparación, al fin y al cabo (aunque dicha preparación sea desagradable) ante lo que anticipamos consciente o inconscientemente como un potencial peligro. Por su parte, la depresión engloba esos sentimientos de tristeza, abatimiento, anhedonia o culpa que interfieren de forma significativa en nuestro funcionamiento diario. Antes he mentido, en parte por desconocimiento, pues los enfoques actuales en psicología clínica sí conciben la aparición de la depresión derivada de una “decepción sentimental”, un evento traumático o una elaboración inadecuada del duelo. Así pues, parece que sí existe esta depresión del después. Sin embargo, aunque claramente encontramos en Cloud un caso de duelo patológico por la muerte de Aeris, son los eventos traumáticos los que despiertan mi interés, y más concretamente aquellos que se resuelven de forma satisfactoria. Relaciones tóxicas que llegan a su fin, trabajos abusivos de los que nos desprendemos, accidentes que se saldan sin ningún tipo de consecuencia mayor, etc. Parece, no obstante, que no se trata tanto del resultado, sino del durante, como si el mero enfrentamiento hiciera mella en nosotros. Explicado así, me sorprendo a mí mismo con lo evidente que resulta.

Nuestra psicología se rige por la ambivalencia, que no está del todo aceptada o comprendida por la cultura occidental. Podemos sentir ansiedad por peligros irreales, del mismo modo que sufrir depresión por eventos acumulados del día a día, independientemente de su resultado. Entender esta verdad es entender a Cloud y entendernos a nosotros mismos. Solo hay algo más difícil que reconocer nuestros sentimientos: perdonarnos por experimentarlos en una cultura que va a tender a culparnos por ellos. Qué frustrante resulta que no solo nos digan cómo debemos comportarnos en la adversidad, sino también en la fortuna.

1 comentario en “La depresión del después”

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