Cine, Literatura

Nomadland o la triste necesidad de ser naíf

Desde los campos de remolacha de Dakota del Norte hasta los campamentos de National Forest de California y el programa CamperForce de Amazon en Texas, los empleadores han descubierto un nuevo grupo de mano de obra de bajo costo, compuesto principalmente por temporeros estadounidenses adultos. Al descubrir que el Seguro Social se queda corto y ahogados por las hipotecas, decenas de miles de estas víctimas invisibles de la Gran Recesión se han echado a la carretera en vehículos recreativos, remolques de viaje y furgonetas, formando una creciente comunidad de nómadas: migrantes trabajadores que se autodenominan workampers.

Así reza la sinopsis de País nómada, de Jessica Bruder, libro que inspiró la recientemente aclamada y galardonada Nomadland, y que abre con una cita lapidaria anónima, publicada en el diario Arizona Daily Sun: «Los capitalistas no quieren que nadie sobreviva al margen de su trama económica». Toda una declaración de intenciones que introduce la desgarradora crudeza de su historia, presente desde las primeras líneas. Ya en el prefacio se nos pone al día de la realidad de un extaxista de San Francisco de sesenta y siete años que trabaja en la recolección anual de remolacha azucarera, y de su maratoniana jornada de sol a sol. De una antigua contratista de obras de sesenta y seis años que recorre kilómetros sobre el suelo de cemento de una nave industrial de Amazon, y de su esfuerzo para no confundir los códigos de barras, con la esperanza de eludir el despido. De una mujer que ahora vive en un minirremolque ovoide, acampada en casa de una amiga mientras busca trabajo y que sigue sin conseguir un empleo a sus treinta y ocho años, pese a contar con un máster universitario. De una pareja en la treintena instalada en una autocaravana, que vende calabazas junto a la carretera desde un tenderete anexo a una instalación de feria con animales vivos que han montado en apenas cinco días en un terreno baldío. De un hombre de setenta y dos años que habitualmente reside en una furgoneta, pero ahora se hospeda con familiares mientras se recupera de la fractura de tres costillas a causa de un accidente sufrido mientras realizaba tareas de mantenimiento en una zona de acampada.

Personas que jamás imaginaron que podrían llevar una vida itinerante se han lanzado a la carretera. Han renunciado a vivir en casas y apartamentos tradicionales para isntalarse en lo que algunos llaman «viviendas sobre ruedas» —camionetas, autocaravanas de segunda mano, autobuses escolares, furgonetas adaptadas, remolques o simplemente viejas berlinas—, huyendo de las disyuntivas imposibles a las que debe hacer frente la antigua clase media. Tales como verse en la tesitura de tener que decidir entre: ¿comer o un tratamiento odontológico? ¿Pagar la hipoteca o la factura de la luz? ¿Pagar los plazos del coche o comprar medicinas? ¿Pagar el alquiler o el crédito suscrito para sufragar los estudios? ¿Comprar ropa de abrigo o pagar la gasolina para desplazarse hasta el lugar de trabajo?

País nómada es un ensayo político, pues no puede no serlo. La economía es al siglo XXI lo que la política fue al siglo XX: el gran poder fáctico. Pero, irónicamente, y según está configurado el sistema, una no puede vivir sin la otra. Incluso las grandes guerras, motivadas por causas políticas, necesitaban del apoyo forzoso de las empresas nacionales, en lo que se conoce como “economía de guerra”. Ahora, del mismo modo, es imposible desligar fenómenos globales como la Gran Recesión de sus implicaciones políticas. Todo esto nos lleva a Estados Unidos, un país que sigue sin concebir la socialdemocracia. En la que internamente todavía se considera como la primera economía del mundo, el bastón de mando lo lleva un ultraliberalismo exacerbado, que poco tiene que ver con la libertad, tan en boga últimamente, más que para dar pie a la falacia de “hacerse a sí mismo”. Un marco en el que la necesaria economía mixta se sepulta bajo toneladas de propaganda; los servicios sociales dependen de iniciativas privadas; no existe una seguridad social que prevenga la pobreza o la precariedad; la democracia es irreal e imperfecta, y carente de un espectro político suficientemente amplio; y las desigualdades sociales parecen estar defendidas por la tradición y la cultura.

Vistas de lejos, en muchos casos sería fácil confundirlas con despreocupadas o despreocupados caravanistas jubilados. Cuando ocasionalmente se regalan una sesión de cine o una cena, no destacan entre el resto de espectadores o comensales. Por su aspecto y sus ideas, son mayoritariamente gente de clase media. Lavan la ropa en lavanderías de autoservicio y se apuntan a gimnasios para poder usar las duchas. En muchos casos, se lanzaron a la carretera cuando la gran recesión consumió sus ahorros. Para llenar el estómago y el depósito de gasolina, trabajan durante largas jornadas en pesadas tareas manuales. En una época de salarios estancados y aumento del coste de la vivienda, se han liberado de los grilletes del alquiler y las hipotecas como una estrategia para ir tirando. Son supervivientes.

A veces la virtud reside en callarse, dejar hablar y escuchar, que en la escritura equivale a plagar de citas un texto que no podrías haber escrito mejor que la autora o autor al que homenajeas. Incluso algunos fragmentos de los párrafos propios son citas literales del prefacio de País nómada, pues Jessica Bruder tiene la extraña habilidad de contar todo lo necesario en apenas unas pocas páginas. Las cuatrocientas restantes engloban las historias de Linda May, Charlene Swankie o Bob Wells, entre muchos otros nómadas. Encarnaciones, al fin y al cabo, de una realidad tan fácil de comprender como difícil de aceptar. Y encuentro tan adecuado visibilizar en el libro el abuso que empresas como Amazon hacen de estas personas en necesidad, como irrespetuoso obviarlo en la película. Se ha querido justificar la visión de Chloé Zhao como la de una directora que quería contar una historia humana, lejos de connotaciones políticas. Cuánto me recuerda este enfoque a la tan peligrosa equidistancia, y a aquella frase tan repetida en el décimo arte: “dejad de politizar los videojuegos”. Pero entiendo que no podía haberse hecho de otra forma. Al parecer, Frances McDormand, que no solo protagoniza, sino que también es productora del film en cuestión, llamó directamente a Amazon para preguntar si podía grabar en sus almacenes. La compañía, jactándose de su reciente subida de salarios a catorce dólares la hora, y queriendo aprovecharse del filón de la actriz, no se lo pensó dos veces… Bajo ciertas condiciones, claro. No es que nada de esto haya salido a la luz, y tampoco pretendo ponerme un gorro de papel de plata, pero se me arquea la ceja al pensar en la conveniente elusión durante la película de toda crítica explícita a Amazon y otras empresas que siguen explotando a los nómadas y otras personas en necesidad, que llega hasta la edulcoración con esa frase vacía del personaje de Fern: “quiero trabajar, me gusta trabajar”.

Como todo el mundo, no se conforman con sobrevivir tan solo. Por eso, lo que comenzó como un último intento desesperado se ha convertido en la reivindicación de algo más significativo. Ser humano, ser humana significa anhelar algo más que la mera subsistencia. Además de alimento y cobijo, necesitamos esperanza.

Cuando no eres parte de la solución, eres parte del problema. Quizás no siempre ha sido así. Ahora, sin embargo, en una época de realidad urgente nuevas recesiones, resurgimiento de la ultraderecha, precariedad por bandera se hace necesario tomar partido. La equidistancia no es una opción. Debemos alzar la voz. Y qué mejor megáfono que el arte, cada vez más lleno de mensajes sociales, tan valiente por momentos, pero todavía sumergido en lo más profundo del sistema. Con el agua a tal altura que, a veces, se ve obligado a desplegar una falsa ingenuidad para sobrevivir, para poder respirar. No quiero dudar de Chloé Zhao, ni de Frances McDormand. Creo que ambas mujeres son más que conscientes de la realidad que han querido plasmar, y de sus limitaciones obligadas. No hay una respuesta lapidaria, ni culpables más allá del sistema y los poderes que lo controlan. Quizás el arte más mediático todavía no ha llegado al punto de poder dar rienda suelta a su libertad de expresión, y quizás nunca lo haga. Puede que esté pidiendo imposibles, y soy igualmente consciente de ello. No es imperativo que una adaptación al cine aporte una versión intachable de lo que ya se ha reflejado en el ensayo original. Pero es triste que ni siquiera se le dé la oportunidad de hacerlo. Tanto como la frase que cierra el prefacio de País nómada, un libro que me prometo seguir leyendo, pues considero que las historias de May, Swankie o Wells merecen ser experimentadas sin el omnipresente filtro del liberalismo.

Al final, un aparcamiento es el único espacio libre y gratuito que aún queda en Estados Unidos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s