Reflexiones

No hay futuro

Por mi ciudad pasa un río. Mejor dicho, la ciudad en la que vivo está emplazada junto a un río. Como tantas otras. Como casi todas. No es el río más largo, ni el más caudaloso, ni el más limpio. Es un río que desemboca en otro río más grande, pues la grandeza está reservada para unos pocos. Sus aguas transcurren tranquilas, impasibles, con una inconsciencia que imita lo que sería una conciencia global. La conciencia del agua, que sabe adónde se dirige, pero no lucha por cambiar su destino, porque no puede. Ahora ese agua está en el Tormes. Dentro de unos días estará en el Duero. Después, seguirá su camino hacia el océano Atlántico, donde la procedencia se vuelve irrelevante. Donde se fundirá con el resto de moléculas sin conciencia para hacer algo mayor. Mayor. No más valioso.

Esta es tu casa, pero no lo será para siempre, parecían decirme de forma velada. Debes irte, aspirar a algo mejor. Pero yo nunca quise irme. Tenía cuanto quería donde estaba. Salir de la zona de confort es bueno, me decían, sin saber que la única circunstancia por la que la abandonamos es para encontrar una nueva. Ahora veo las frustraciones en los ojos de esos adultos, ya casi ancianos, proyectadas sobre una generación virgen que quizás podría vivir la vida que no vivieron ellos. Quién nos iba a decir que sería al contrario: somos nosotros los que nunca llegaremos a vivir la suya.

Camino por la rivera durante el amanecer. Soy nocturno, pero aprecio la salida del sol. El amanecer es más noche que día, pienso. Camino y lo hago a contracorriente, pues ya sé dónde acaba el río. Quizás la clave esté en el origen, del que nadie habla; llegar al manantial donde todo empieza. Sí, puede que allí esté la respuesta. Es el único sitio en el que no he buscado. El único sitio que queda.

La mayoría de compañeros con los que iba a la universidad no eran de aquí. Todos venían de otros lugares, mientras yo seguía en el mío. En mi tierra. En mi ciudad. Y no quería irme. Qué suerte la mía, me decía, no haber tenido que salir de mi casa, de las cuatro paredes cuando entro y las cuatro calles cuando salgo. Las mismas cuatro en cada caso. Uno. Dos. Tres. Cuatro. He contado hasta cuatro mil veces, y podría haberlo hecho otras mil más, cuando todavía era otra persona. Esas paredes y esas calles empiezan a desprender un hedor nauseabundo. Las miro en mis sueños y exudan una suerte de sustancia negruzca que las toma y se come la piedra, como el moho que conquista a una fruta cuando se la ignora.

El sendero ya no existe. Deambulo ahora por una orilla inhóspita, apenas visitada en los últimos cien años. El sol no se levanta; hay un amanecer perenne. He abandonado este mundo. Lo sé porque, por primera vez, no reconozco los alrededores. Pero sigue habiendo campos y llanuras hasta donde alcanza la vista, bañados por la luz de una mañana eterna. Lo que busco no puede estar muy lejos.

Cuando te gradúas empiezan las disculpas y las justificaciones. Lo que te han estado vendiendo —pues es algo por lo que has pagado— era mentira, y solo ahora te lo dicen. Solo en un soso y robótico discurso de graduación comienzan a relativizar el valor de la universidad. Debéis ser conscientes de para qué sirve esta institución. Dicen. Ahora es cuando empieza el trabajo duro de verdad. Dicen. No dejéis de estudiar y de formaros, esto ha sido solo el principio. Dicen. Y nosotros, engalanados como nunca hasta entonces y embriagados por la euforia del momento, nos levantamos de los asientos y aplaudimos. Nos golpeamos las manos hasta que nos sangran y miramos sonrientes a esas figuras de autoridad. No parpadeamos. No nos hace falta. Aplaudimos y seguimos aplaudiendo hasta que caemos exhaustos, uno detrás de otro. Hasta que se hace el silencio en el auditorio.

Me he quitado la chaqueta y la he dejado en algún lugar del camino. Estoy sudando. Llevo horas sin parar de andar, pero no estoy cansado. Creo que han pasado días desde que empecé mi travesía, pero el sol sigue sin haberse movido de su posición original. El amanecer es hermoso. Lo miro cada vez que pienso en parar, que pienso en volver. Es un padre inspirador, que me arropa a cada paso que doy. Creo que ha sido él quien me ha guiado todo este tiempo. Miro hacia el frente y el sendero infinito se contrae sin previo aviso. El río se ha vuelto mucho más estrecho. Apenas es un riachuelo ya. En un parpadeo, he entrado en un bosque frondoso. Ya no veo el amanecer, solo su luz colándose por los entresijos de las copas de los árboles. Tampoco oigo animal alguno, solo el transcurrir del riachuelo. Me estoy acercando.

En una edad comprendida entre los veinte y los veinticinco años todo se desdibuja. Es como aprender a montar en bici con ruedines, hasta que desaparecen sin previo aviso, y solo te das cuenta cuando intentas girar, cuando intentas mantener el equilibrio y caes inevitablemente. Y te das cuenta de que ya no hay red, de que has de volver a montar sabiendo que habrá otro giro y te volverás a caer. Una y otra vez. No puedes volver atrás, ni tampoco quedarte donde estás. Solo puedes subirte a la bici de nuevo y seguir, con la certeza cristalina de que te esperan decenas de caídas. Si miras alrededor puede que distingas los rostros de otros igual que tú, de compañeros de generación que también han traspasado la barrera invisible en la que los ruedines desaparecían. Míralos a los ojos. Míralos consumirse. No puedes juzgarlos porque la mayor mentira de este mundo es que seguir adelante tiene más valor que rendirse.

Cuando era niño me preguntaba cómo sería el nacimiento de los ríos. De qué manera una masa de agua tan grande podía provenir de unos inicios tan humildes. Imaginaba que varios riachuelos se juntarían para formar un río, del mismo modo en que los afluentes confluyen para dar forma a las grandes serpientes azules que pueblan la tierra. Las lluvias, los lagos y los embalses naturales también tendrían su papel. Por desgracia, eso no lo he podido comprobar. Para hacer el viaje más llevadero, he tenido que acortarlo. Lo único que importa es el origen, y ese origen está ahora delante de mis ojos: un hilo de agua que se escapa bajo la roca, en lo que intuyo conducirá a algún tipo de cuenca subterránea. La abertura es muy pequeña, tanto que el agua sale a presión. Cojo una roca cercana y golpeo el agujero, en un vano intento por abrirlo, por liberar el agua. Por hacer del río en el que se emplaza mi ciudad una masa imparable que eclipse el mayor caudal, llevándose por delante las paredes y las calles roídas, si es necesario. Golpeo con todas mis fuerzas, pero la roca se rompe antes que la abertura. Empiezo a llorar. Siento impotencia. La frustración se apodera de mí y comienzo pegar a la hendidura con las manos hasta que mis dedos se rompen. No siento dolor, como tampoco sentía cansancio. Mi cuerpo no importa en este lugar. Lo único que importa es todo lo demás.

Y todo lo demás está perdido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s