Psicología, Videojuegos

Song of the Ancients y la psicología del arte

«El estudio del arte implica reconocer el carácter generador y productivo de la psique humana, lo cual es un atributo esencial de su definición como subjetividad. La gran diferencia entre la psique humana y la animal es la capacidad de la persona de producir nuevas realidades, de anticipar construcciones que no existen en la realidad y que son la base de su acción.»

Me gustaría que la lectora o lector de este texto empezara no leyendo, sino escuchando esta canción. Coge tus auriculares, los mejores que tengas, o reprodúcela desde ese Google Home o Alexa que tan bien hace llegar la música a cada rincón de tu casa. Sube el volumen, pero no demasiado, lo suficiente como para captar todos sus matices. Y no intentes descifrar la letra; es un lenguaje inventado. Lo que requiero de ti es que hagas lo que yo procuro cada día que me siento a meditar. Quiero que, durante tres minutos, nada ronde tu mente, más que los instrumentos dirigidos por Keiichi Okabe y la hipnotizante voz de Emi Evans. Simplemente, déjate llevar.

NieR Replicant ver.1.22474487139 ostenta un récord. Más concretamente, el de ser el juego que antes ha conseguido emocionarme. Apenas quince minutos después de su preludio, una vez que ocurre el primer (y excesivo) salto temporal, cuesta poco encontrarse con el personaje de Devola tocando una suerte de laúd y entonando Song of the Ancients. Esta interacción es una de las primeras que tenemos con el que será nuestro entorno durante gran parte del juego. Es una puerta, una bienvenida en forma de tonada, y es emocionante porque es el tipo de música y letra que uno esperaría que se cantara en un futuro postapocalíptico: nostálgica, extraña, ajena. Pese a que los versos pertenecen a una época anterior en el canon del juego a la contemporánea del protagonista, encajan a la perfección con lo que interpreto que las personas de esa realidad cantarían. Y esa es una sensación increíblemente difícil de conseguir.

Como todo buen arte, Song of the Ancients es pura emoción, o al menos eso es lo que me evoca. Parece el canto a un pasado perdido, el pasaje que sonaría de forma casual en una reunión del pueblo junto al fuego, mientras se cuentan historias acerca de cómo podría haber sido un mundo del que ya no quedan registros. Creo que por eso su base perenne es intencional; la letra solo se entonará si estamos cerca de Devola, pero la base siempre suena dentro de la aldea, independientemente del lugar en el que nos encontremos. Así, me aventuro a pensar que esta canción representa el sentir colectivo de una humanidad que se enfrenta a su extinción, como una sombra que poco a poco se cierne sobre ellos, pero a la que eligen no mirar directamente, que ocurre como telón de fondo. A este carácter fatalista le debemos sumar la filosofía japonesa, tan centrada en la espiritualidad que les aporta el sintoísmo y el budismo. “El final se acerca, y sentimos inevitable nostalgia y tristeza por ello, pero aceptamos el final, lo abrazamos como a un viejo amigo”, parece intentar decirnos de forma velada.

Sin embargo, todo esto no son más que especulaciones, palos de ciego procurando explicar un fenómeno que aún se me escapa: cómo Song of the Ancients pudo emocionarme de manera casi automática, y cómo parezco ser solamente uno de tantos a los que se le ha quedado grabada. Del modo en que me suele pasar cada vez que exploro mi querida ciencia en busca de respuestas, encuentro ramas y campos de estudio que ni sabía que existían. Esta vez me he topado con la psicología del arte, en un intento desesperado por procurar dar sentido a este y otros fenómenos similares, pues no creo ser el único que se ha emocionado viendo una película, jugando a un videojuego, leyendo un libro, contemplando un cuadro o escuchando una canción.

Y es que es fácil concluir que el arte apela a nuestras emociones, pero no tanto dilucidar cómo. Hoy en día, todo está inventado y no soy, ni mucho menos, el primero en hacerme esa pregunta. El psicólogo ruso Lev Vygotski fue quizás el precursor de toda esta amalgama de inquietudes, que además supo aunar con otros de sus numerosísimos campos de estudio, algunos acuñados y otros incluso fundados: la psicología del desarrollo, la psicología histórico-cultural o la neuropsicología, de las que se podrían extraer, a su vez, decenas de subrramas. La tesis principal de Vygotski es una que la psicología moderna no se atrevería a poner en duda, y reside en darle la importancia que se merece a la interacción social en el desarrollo individual. Dicha interacción incluye la cultura, que no deja de ser un conjunto de conocimientos, comportamientos y costumbres compartidos. Pero también incluye el juego, lo cual me hace pensar que probablemente no sea la última vez que traiga este nombre a la web.

Sin embargo, no podemos quedarnos en la aplicación que el estudioso soviético encontró para su principal materia de estudio, la psicología del desarrollo. Si queremos respuestas deberemos sumergirnos en aguas más profundas, donde el propio Vygotski pareció adentrarse cuando acuñó la cita «todas nuestras vivencias fantásticas y no reales ocurren, en esencia, sobre una base emocional completamente real. Así, nosotros vemos que el sentimiento y la fantasía representan no dos procesos separados, sino, en esencia, un mismo proceso. Correctamente observamos la fantasía como la expresión central de una reacción emocional». Este párrafo tan potencialmente confuso nos hace dar un paso de gigante y planta las bases de todo lo que vendrá después: las emociones elicitadas sobre una base de fantasía (y fantasía es toda expresión artística), pese a su subjetividad, son tan reales como cualquier otro proceso psicológico con una causa mucho más tangible.

Esto nos lleva al concepto mínimo imprescindible para entender, por fin, cómo narices ha podido atraparme tanto Song of the Ancients. Partimos de la base de que esas emociones son genuinas, ¿pero cómo se forman? Abordar la casuística de las emociones daría para varias tesis en serie, pero creo que para este caso servirá con traer a colación los procesos simbólicos. No es el arte por el arte, la cultura por la cultura, lo que nos mueve. Del mismo modo en que un cuadro no es solo pigmento, o una canción una armonía arbitraria. Mejor de lo que yo podré explicitarlo jamás, le cedo la palabra a Fernando Luis González Rey, autor del artículo Psicología y arte: razones teóricas y epistemológicas de un desencuentro, cuyos párrafos me han servido para hacer posible este texto; «el sentimiento y la fantasía son procesos que se caracterizan por su carácter subjetivo, que expresan una especificidad ontológica en relación a otros procesos humanos, la cual viene dada por su carácter simbólico-emocional. Esos procesos no son una réplica del mundo, sino una producción, en la cual la organización subjetiva actual de quien los expresa es inseparable de los diferentes efectos objetivos que toman forma en ellos.»

Así pues, nos encontramos con tres conceptos clave. En primer lugar, el arte apela a nuestras emociones. Por otro lado, estas emociones son tan válidas y genuinas como cualquier otro proceso psicológico, independientemente de su procedencia fantasiosa. Y, por último, no es solo una relación arte-emoción, sino que la extrapolación de esa experiencia a nuestro bagaje cultural, nuestras vivencias, nuestra visión del mundo, etc., es lo que crea la tormenta perfecta de la experimentación cultural, y lo que determina que existan tantas diferencias individuales en la percepción de una obra. Solo puedo concluir que, aunque me resisto a considerar que no hay algo inherentemente bello en Song of the Ancients, su impronta instantánea y ese volcán emocional que despertó deben relacionarse con procesos rodeados a mí y a mis circunstancias. Como suele acabar siendo la conclusión habitual en psicología: la respuesta siempre es hacia dentro.

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