Frame de la película El jardín de las palabras
Cine

Saber terminar

Hoy he acabado la mudanza. Un «hoy» que en realidad es ayer, si es que logro rematar esta columna a tiempo. Si no, ese «hoy» será antes de ayer, hace una semana o hace un mes. Y lo será porque nada es eterno. Ese «hoy» que mañana será ayer ya ha pasado, como pasarán todos y cada uno de los días a ritmo imparable. El tiempo es relativo, pero también es eterno. Eso me recuerda a uno de mis documentales favoritos, de apenas media hora de duración. Un viaje hacia el fin de los tiempos. En él se hace un repaso al futuro del universo, viajando en el tiempo de manera exponencial: la velocidad se dobla cada cinco segundos. A los tres minutos, La Tierra ya no existe. Para mí, ese vídeo es la prueba —mientras la evidencia científica no lo refute— de que incluso aquello que no tiene fin lo acaba encontrando. Una parte inconcebiblemente extensa de la vida del universo transcurrirá en oscuridad, con los agujeros negros como sus únicos habitantes. Cuando estos se evaporen y el último átomo de materia se haya desintegrado, el tiempo se verá despojado de sentido. El caos dejará paso a un orden eterno. Nada volverá a pasar nunca.

«Nada» y «nunca» son palabras que me tranquilizan.

Me mudé a este piso en noviembre del año pasado, hace seis meses. Pensamos que los procesos deben ser paulatinos, continuados, constantes. Somos incapaces de comprender lo irregular. Las primeras semanas, cuando todavía me encontraba en plena instalación, fueron frenéticas. Había mucho que colocar, necesitaba hacer de este pequeño refugio baldío mi hogar. Lo conseguí antes de desempaquetar la última caja, de despejar la última bolsa. Cuando me hube aclimatado dejé de necesitar, y esas cajas y bolsas tomaron una forma permanente. Algunos meses después vacié las cajas. Uno aprende a apreciar el espacio cuando apenas cuenta con cuarenta metros cuadrados. Las bolsas, sin embargo, no eran tan invasivas, y hasta hoy han sido tranquilas compañeras de piso. Ahora miro a sus huecos vacíos y no veo nada.

Llegará el día en que me vaya de esta casa y, si todo transcurre según lo previsto, será para embarcarme en la aventura de mi vida. Todo cuanto conozco llegará a su fin. La que ha sido la gran etapa hasta ahora, una que ha durado demasiado —más de un cuarto de siglo—, se acabará. Y lo hará de la forma en que deben acabarse las cosas: a propósito, cuando todavía hay amor, cariño, respeto, pero las circunstancias son acuciantes. Si quieres, puedes, pero solo a veces. La realidad es que somos nosotros y nuestras circunstancias, lo que es una lección de vida que olvidamos o quieren que olvidemos con preocupante facilidad. Amo a mi gente, la que todavía está a mi alrededor. Le tengo cariño a mi ciudad, pues Salamanca ha sido mi vida. Y todavía le guardo cierto respeto al país en el que me ha tocado vivir. Es entonces el momento de terminar.

Cuando pienso en el final pienso en La La Land, una película que nada de forma ambivalente entre esos «si quieres puedes» y «somos nosotros y nuestras circunstancias». No he venido hoy aquí a escribir sobre lo primero, sí sobre lo segundo. «Siempre voy a quererte» es la frase que todos deberíamos poder decir cuando ponemos punto y final. Lo contrario es alargar por miedo, incapacidad o ignorancia. Y eso es triste. La pérdida no debería ser negativa por definición, como tampoco lo es el cambio. Quiero pensar que por eso No, el dolor no es el amor que persevera ha sido mi columna más leída de las veintiocho que he escrito hasta el momento, incluyendo esta. Necesitamos obras que nos digan que el final no tiene que ser doloroso, que el amor es un sentimiento que se cultiva y se mima, y que cuánto sufras depende de hasta qué punto hayas decidido hacerte cargo de él. Que, hasta cierto punto, somos esclavos de nuestras circunstancias, pero hay cosas sobre las que tenemos más control del que nos han inculcado.

Hace un tiempo, y como no podía ser de otra forma tras la impronta que dejó en mí Avatar: La leyenda de Aang, he empezado a ver su secuela, La leyenda de Korra. Hay muchas cosas que me gustan de ella, y otras no tanto, pero lo que me ha cautivado es volver a escuchar esa frase: «siempre voy a quererte», en una situación similar a la que viven los personajes de La La Land al final de la película. Algo que también parece transmitir el epílogo de El jardín de las palabras, en el que, por acto de la cultura y, de nuevo, de las circunstancias, los protagonistas se ven obligados a terminar incluso antes de empezar. Me gusta que cada vez haya más obras con este tipo de mensaje tan necesario, del mismo modo en que me horrorizo con que algunas superproducciones occidentales mantengan el discurso automatizado del arte que las ha precedido. «La cultura es un reflejo de la sociedad que la crea» decía uno de los mejores profesores que tuve en la carrera. Creo que estamos avanzando, sí. Poco a poco, a paso de tortuga. De forma casi imperceptible en términos del día a día, igual que se nos escapa el devenir a escala universal.

Hoy —ayer— decidí terminar la mudanza porque cada vez estoy más convencido, como reza la filosofía budista, de que la virtud se encuentra en el vacío, y que muy poco de lo que “tenemos”, ya sean posesiones o relaciones, nos traen verdadera felicidad. Si es que ese concepto siquiera existe. Miro a mi alrededor, exploro las redes sociales, y solo puedo pensar en que tengo mucho más de lo que necesito, por muy manido que esté ese pensamiento. Por eso cada vez temo menos dejar ir, estar solo, instalarme más cerca de la introversión que del frenesí colectivo que parece regir el mundo. Todo en exceso se convierte en veneno, hasta el agua. Incluso aquello que necesitamos para sobrevivir. Soy humano y la condición de ser social es una de la que no me puedo desprender, pues está en mi naturaleza. En la de todos. Pero cada vez me veo más capaz a la hora de trazar la línea que separa la acción de las circunstancias. Hoy tengo menos que ayer, y me encuentro mejor por ello. Miro de frente al vacío y la nada me responde. Encuentro la calma en su mirada.

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