Reflexiones

«No lo sé»

Me vais a perdonar. Cuando estoy cansado o tengo demasiadas cosas en la cabeza, me suelo encontrar demasiado disperso para la crítica cultural. Se da un hecho, además, y es que la cultura no suele ser accesible, ni económica ni prácticamente. Una vez te adhieres a las conveniencias de un sistema al que le importa más tu rédito que tu salud —no digamos ya tu esparcimiento—, el final del día acaba por llegar con las reservas de energía y tiempo bajo mínimos. ¿Cómo sumergirse entonces en una historia profunda y compleja? ¿Cómo animarse a consumir más que la serie ligera de turno? ¿Cómo aventurarse por el comentario de un producto que no has visto, escuchado, leído o jugado, más aún cuando la crítica sobre cualquier tema parece haberse convertido en una competición a cara de perro?

Creo que esto último empieza a ser urgente por necesidad. Lo escribía Alejandro Martínez en el Patreon de Espada y Pluma: «Por cada discurso interesante y fundamentado existen 10 que carecen de una metodología más allá de la simple opinión o que tan solo cuenten con unas referencias bibliográficas y un conocimiento más allá de la propia experiencia sobre el que apoyarse. (…) Se publica mucho, se lee poco». Lo escribía Joan Cebrián en Esportmaniacos: «(…) por mucho que tener la razón sea una [experiencia] placentera, muchas veces poco le importa a alguien más allá de uno mismo. Tenemos muchas más anécdotas “que emocionaron a nadie” de las que realmente nos creemos (…). El trasfondo de todo esto es que nos gusta sentirnos más inteligentes e inflar opiniones con números o complicar términos sencillos. Todo para mostrar superioridad intelectual. (…) al final resulta que todo es un disfraz con el que ocultamos que no conocemos nuestros propios límites. Y es que no pasa nada por no tener ni idea de algo». 

Con más vergüenza que humildad reconozco que me siento reflejado en las palabras de mis compañeros. La primera vez que metí la cabeza en el mundo de los esports lo dejé por puro miedo a no saber, a equivocarme. Me ahogué por no atreverme a respirar. Había tantas personas a mi alrededor que parecían tener respuesta para todo, tantos discursos aparentemente válidos, más por forma que por fondo. Luego, cuando empecé a escribir sobre videojuegos, en mi vanidad pensé que podría sacarle a todo una lectura relacionada con la psicología. Quería saber más que el de al lado, escribir sobre lo que nadie pudiera hacerlo. Y creo que todavía lo hago, pero cada vez soy más cauto. La motivación por decir algo que merezca la pena escuchar o escribir algo que merezca la pena leer siempre está, pero ya no es más fuerte que la honestidad. Soy honesto contigo, y sobre todo procuro ser honesto conmigo mismo. Cada vez tengo menos miedo a decir «no lo sé» y creo que, en parte, mi profesión tiene algo que ver con ello.

Una de las primeras cosas que un buen terapeuta ha de decir a su cliente es que «no lo sé» es una respuesta válida. No saber algo aporta tanta información como saberlo; el qué nunca es tan importante como el por qué. Si tengo problemas en casa, me gustaría saber cómo se siente la persona con la que convivo y no lo sé, quizá pueda deberse a problemas en la comunicación. Si, por el contrario, no sé ni me importa lo que siente esa otra persona, probablemente el conflicto sea mucho más profundo. Del mismo modo, si no estoy al día de las opiniones acerca del último lanzamiento triple A, pero podría contarte hasta la última anécdota del desarrollo de un juego estrenado a principios de los dos mil, quizá lo mío sea más lo retro que lo actual.

Lo que sabemos, lo que no sabemos, lo que queremos saber y lo que no nos importa dice todo de nosotros. Sin embargo, considero que no debemos sobreestimar el grado de conocimiento. Te pondré un ejemplo: mi ejemplo. Adoro los esports y el League of Legends competitivo. Probablemente podría hablarte con mucha más propiedad acerca del metagame actual, de los equipos de cara a próximos torneos y del nivel de jugadores tanto veteranos como novatos que la media de personas que abren el cliente de Riot Games a diario. Pero no lo sé todo. No puedo saberlo todo. No soy un robot y, por suerte, tengo una vida fuera de los videojuegos y los deportes electrónicos. Un nivel de conocimiento elevado en una estadística imaginaria, escribir en un medio especializado y colaborar en otro no le da un valor especial a mis palabras —y esto lo digo sin un ápice de sorna—. Mi opinión vale lo mismo que cualquier otra, siempre y cuando esté informada y formada a partir de argumentos válidos.

He aquí, pues, la clave que no acaba de calar: las opiniones han de formarse.

«Para gustos, culos» es una frase que me fascina, por lo sencillo, cercano y verdadero. Y lo que pasa es que confundimos gustos con opiniones. «La cosa más curiosa (y agotadora) que ha generado la hipervigilancia de las redes sociales es esa sensación falsa de que hay que inventarse un marco teórico para justificar todas las cosas que nos gustan» escribía Paula García en su cuenta personal de Twitter. La equivocación entre lo que nos gusta y lo que pensamos, es decir, entre emoción y cognición es tan común que asusta. Otra máxima en terapia es no cuestionar lo que una persona siente. Los pensamientos están sujetos a decenas de sesgos, mientras que las emociones suelen ser mucho más honestas, por muy ambivalentes y confusas que parezcan. Del mismo modo, nadie puede ni debería cuestionar los gustos de otra persona, ni siquiera los de uno mismo. Bastante constreñidos estamos en nuestro día a día como para que actuemos como nuestra propia policía de la diversión.

Lo que pensamos transcurre por un sendero diferente. Aquí, encontramos que una opinión no depende tanto de la persona que la formula, sino que actúa como un ente aparte. Las opiniones deben formarse a partir de la reflexión y con los argumentos como herramienta, no a través de conclusiones emocionales de cinco minutos. Sentir animadversión hacia un producto no es una opinión; solo si conseguimos extraer argumentos podremos formarnos una, que, spoiler: puede ser positiva aunque la obra no nos guste, y viceversa. Otra cosa que deberíamos tener en cuenta es que, por muy válida que sea nuestra opinión (siempre y cuando sigamos este simple y a la vez costoso manual improvisado), podremos encontrarnos con otra igualmente válida, pero contraria, formada a partir de otro tipo de argumentos que hemos pasado por alto o no hemos querido incluir.

El mundo de la crítica y el análisis es complicado. Por suerte o por desgracia todo el mundo tiene boca (y demasiadas personas acceso a Twitter); los debates están a la orden del día. Al momento de escribir esta columna, los más recientes han tratado sobre el “destape” de Billie Eilish, los hot tubs en Twitch y el recurrente sobre las notas en los análisis de videojuegos. ¿Y sabéis una cosa? Estoy más cerca de no saber nada acerca de ellos que de tener una opinión lo suficientemente formada. Quizá si me tires de la lengua te haga pasar un gusto por una opinión, pero te aviso que cada vez te resultará más difícil. Yo, al menos, estoy aprendiendo tener cuidado. A publicar menos y a leer más. A hablar menos y escuchar más. Me sigue costando —no sabes cuánto—, pero poco a poco empiezo a incluir «no lo sé» en mi vocabulario.

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