Cine

Alicia

No recuerdo la primera vez que vi El viaje de Chihiro. Desde luego, puedo asegurar que era pequeño, muy pequeño, demasiado pequeño. Ahora pienso en la denominación “para todos los públicos” y no me quito de la cabeza que este tipo de obras son, efectivamente, para cualquier tipo de espectador, excepto niños. Suele pasar con estas historias: en sus orígenes no estaban dirigidas a un público específico. Cosas de la posmodernidad, supongo. En realidad, no lo sé con certeza. Al fin y al cabo, esto es una columna de opinión, no un ensayo. Deberéis perdonarme si me equivoco, especialmente aquellos entendidos en literatura si, en efecto, siempre fueron cuentos infantiles. Perdóname, Miyazaki, si creaste a Chihiro con la intención de tocar la fibra de ese yo que se quedó parado en el tiempo hace quince años. No lo conseguiste. Si, por el contrario, tu intención siempre fue la de provocarle un volcán emocional al yo de ahora, a la persona que soy hoy y que sigue disfrutando de todo tipo de animación, pero que ha envejecido incluso por encima de lo que ha crecido,

lo has conseguido.

El caso es que no es una fantasía que me atrape, la fantasía de Chihiro. Ni la de Alicia, por extensión, que es inevitablemente donde aventuro a pensar que tiene su origen. Me niego a creer que Chihiro no sea Alicia, que ambas no sean una. Que la casa de baños termales no sea el país de la maravillas. Que Yubaba no sea la Reina Roja, y Zeniba la Reina Blanca. No lo sé, quizás me equivoque y todo sea una coincidencia. De nuevo, no me he molestado en comprobarlo, pues no busco la verdad. Mi base son sensaciones, emociones, recuerdos desagradables de mi niñez cada vez que me tenía que enfrentar a las obras de Carroll y Miyazaki, respectivamente. El verbo enfrentar, en este contexto, define por encima de cualquier párrafo lo que pretendo transmitir.

Quizás era la idea de aventurarme a un mundo extraño, lejos de casa, de mi ciudad, de todo lo humanamente conocido. De que mis padres se convirtieran en cerdos. ¿Por qué en todas las historias infantiles el protagonista debe ser huérfano o estar separado de sus padres? Vale, sí, lo entiendo: debes hacer de ese personaje una unidad en sí mismo, y no tener la posibilidad de recurrir a sus figuras de referencia por causa de fuerza mayor es un recurso infalible. Desde un punto de vista narrativo, no hay fallo alguno. Desde lo emocional, sigo sin concebir cómo a un niño no puede horrorizarle algo así. Puede que mi caso fuera especial. Puede que todo se debiera a figuras de apego, a relaciones familiares, a educación. Probablemente a algún trauma temprano. O es posible que mi respuesta fuera la esperable, mientras que la extraña fuera la niña o niño que sí conectara con esas historias. Es confuso. Tampoco he venido en calidad de psicólogo, por suerte. Hay días en los que pensar en esos términos me levanta dolor de cabeza, y hoy es uno de esos días. Por lo que, con vuestro permiso, seguiré hablando de mí.

Imagino que se reduce a que no sabía cómo abordar estas historias. Mi cerebro aún sin desarrollar y mi mente inmadura no lograban decodificar lo que tanto Carroll como Miyazaki querían transmitirme y que, sin lugar a dudas, habían conseguido con muchos otros. Nada tiene aparente sentido en las historias de Alicia y Chihiro, y ahora se me ocurre que quizás tuviese algo que ver con mi personalidad sobreanalítica. “Lee como escritor“, me digo ahora, como el reflejo de una forma de ser empeñada en sacar beneficio de todo, que todo sea útil, que tenga sentido. Lucho cada día por no ser así, pero no puedo evitarlo. Podría cambiarlo, pero requeriría demasiado trabajo, uno que ahora no estoy dispuesto a hacer. Estas cosas son difíciles. Por suerte, a raíz del taller de escritura al que llevo yendo durante casi dos años, todas las semanas, he descubierto una nueva forma de experimentar el arte: dejándome llevar.

Y es que no todo debe tener sentido. “¿Cómo puede no tener sentido?” Sigue diciéndome esa voz en mi cabeza. Tampoco creo que tenga sentido estar escribiendo estas líneas a las cinco de la mañana. El sentido es una construcción, un acuerdo. El porqué es plenamente humano, incrustado en lo más profundo de nuestra conciencia. Pero el arte es emocional. Qué claro tengo que el arte es emocional y cuánto me cuesta aceptarlo. Es emocional en la entrada y en la salida. Nada escrito desde la frialdad de una escaleta triunfará jamás. La estructura es necesaria, pero el filtro de la emoción es innegociable, y el pasado domingo fui al cine sin filtro. Dejé el filtro en casa y lo guardé bajo el colchón, donde seguía retorciéndose cuando regresé. Sabía que era la única forma en que podría conectar con la obra magna de Hayao Miyazaki.

En realidad fue una decisión tomada en un momento dado. No salí de casa con el filtro desactivado: lo mandé de vuelta a los treinta o cuarenta minutos de metraje. Quiero decir, empecé a sentir que debía desconectar, bajar las defensas. “Deja de pensar, Víctor”, me decía. “Acepta lo que ves, no lo cuestiones”, me decía. “Mira los colores, la paleta de colores. Eso es. Ahora fíjate en la arquitectura de la casa de baños. Es increíble, ¿verdad? ¿Cuánto tardaría en pintar cada lámina? No, no lo pienses. Mira a esas transiciones como si estuvieses viendo un paisaje. No cuestionas los paisajes, ¿o sí? Ahora fíjate en los detalles, cuantísimos detalles, y en los seres oníricos. Ninguno tiene sentido porque no debe tenerlo. No son humanos. No se rigen por el porqué. ¿Pero por qué Chihiro no se cuestiona nada? No tiene que hacerlo. Ha aprendido a apreciar ese mundo de la única forma en que puede hacerse, de la misma manera en que lo estás haciendo tú. Ahora ella ama ese mundo y los seres que lo habitan. Se ha desapegado del sentido, de la forma en que solo una niña puede hacerlo. Ah, ahora entiendes por qué es una niña. Claro. Por qué Alicia es una niña y por qué Chihiro es una niña. Por qué. Por qué te miras las manos y son más pequeñas, menos cansadas. Por qué es 2006 y estás viendo El viaje de Chihiro por primera vez. Por qué solamente desde la mente de un niño que todavía no ha aprendido a cuestionarlo todo puedes conectar. Sí, exactamente. Por eso ahora has conseguido que te llegue. Solo ahora que por fin eres el niño que nunca fuiste en su día.”

Me decía.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s