Videojuegos

Consiste en ilusionarse

El E3 no ha empezado todavía, y cuesta creerlo. Parece lógico que, ante la descomposición de la mayor feria de videojuegos, otros oportunistas —en el mejor sentido de la palabra— hayan querido tomar su lugar. Incontables espacios de nombre impronunciable pueblan ahora los prolegómenos de un maltrecho E3, cuya calidad y percepción externa han vivido tiempos mejores. Lejos quedan aquellas ferias de 2013 o 2015, en alza la absurda y loablemente maltratada guerra de consolas. También recuerdo con cariño la de 2018, en la que se estrenó ese tráiler de The Last of Us Part II que todavía me pone los pelos de punta. Como estudiante que he sido hasta hace no tanto, para mí el E3 ha significado históricamente ese oasis entre prueba y prueba. Ahora, como aquello que ni siquiera sé que soy, va irremediablemente unido a la entrada del calor y el verano. Siempre ha estado ahí desde que tengo memoria, como un anuncio más importante que el referente a cualquier videojuego: el anuncio de algo bueno.

Mi moral obliga a que me defina desde el cinismo y el desengaño. Creo que es norma entre las personas de mi generación, y considero que de ahí viene el bajón de expectativas. No creo que necesitemos más eventos engañosos, manuales de marketing y maniobras de relaciones públicas. Nos han comido la tostada una y otra vez en aspectos mucho más relevantes de nuestra vida, y sin ningún perdón escribiré que ya tenemos pelos en el coño y en los huevos. Por eso también creo que están tan en alza las deconstrucciones: de la fantasía, del género de superhéroes, de la propia oligarquía que domina indirectamente nuestras vidas. Necesitamos, de una vez por todas, mensajes honestos que nos muestren el mundo como realmente es, sin sombras chinescas o marionetas de por medio. Hace tiempo que dejamos de ser niños y la ilusión debe venir por otras vías. Pero la ilusión en innegociable.

El caso es que soy de la escuela de Enrique Alonso, sin miedo a aceptar que el E3 es marketing y nada más que marketing, a la vez que defiendo a ultranza su formato. Comprendo que la industria ha evolucionado hacia otros derroteros, pero la industria como ente inmaterial me importa tanto como los balances al final del año fiscal. Escribo como espectador y consumidor, y procuro hablar en nombre de los demás espectadores y consumidores, que somos todos. Bastante se retroalimenta ya la rueda del capitalismo como para que nosotros la empujemos todavía más. No. Por eso elijo ignorar lo que pueda ser mejor desde el punto de vista numérico —las conferencias online pregrabadas al estilo direct— y abogo por lo accidentalmente humano y honesto que, de tanto en cuanto, acaba por ser el E3. Sin embargo, tampoco hago oídos sordos a la postura contraria. Hay argumentos muy sólidos que critican estas macroferias, y mi tesis no los invalida, faltaría más. Así, algunos serán de las escuelas de Yago de Hita o Matt Lees, como bien explicitaba Tomás Grau. Puede que los videojuegos no necesiten el E3. Nosotros sí.

Y es que no se trata de creérselo todo a pies juntillas, de desactivar el cerebro y comernos hasta el último excremento que nos llegue en forma de anuncio falso o manipulado. No se trata de mirar a otro lado cuando es tan evidente que el único objetivo del marketing es atraer, y el de las empresas, vender. No se trata de gritar a cada World Exclusive y aplaudir porque nos acordamos del juego en el que se basa el último remaster o remake de turno. No se trata de tuitear compulsivamente cuánto nos ha llamado la atención este o aquel título, o lo meridiano que tenemos que ese estreno va a “caer” el día uno. Tampoco creo que se trate de decidir que esto no va con nosotros, apagar el ordenador, leernos un buen libro y creernos mejores por lo transgresor. En pensar que todo el mundo es imbécil menos nosotros, que estamos fuera del sistema y exponer en redes lo fuera que estamos del sistema. No, no se trata de eso.

Consiste en ilusionarse.

Consiste en explorar de arriba a abajo cada web de videojuegos en busca del calendario más completo. Consiste en hacer una compra general horas antes y saber que, durante unos días, no habrá dieta que valga. Consiste en llamar a tus amigos, en programar viewing parties presenciales o telemáticas. Consiste en poner el directo desde la previa, aunque la previa consista en una cuenta atrás vacía únicamente aliñada con sosa música sin derechos de autor. Consiste en apuntar los títulos que nos llamaron la atención, que pensamos que puedan convertirse en esa obra que nos libre del hastío en el futuro o que, simplemente, nos vaya a hacer pasar un buen rato. Consiste en ir a la cocina o al baño cuando tenemos claro que no nos interesa de lo que se habla, como consiste en emocionarnos, en no poder ni hablar, en ser la niña o el niño que una vez fuimos la mañana del Día de Reyes, con ese anuncio que llevábamos tanto tiempo esperando. O, al menos, consistía en eso.

Me cuesta recordarlo. Creedme que cada vez me resulta más difícil sentir ese calor de hace algunos años. No es solo la feria; somos yo y mis circunstancias. Pero prometo que hubo una época mejor, una que ni siquiera llegué a vivir, en que el E3 fue tal y como lo escribo.

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