Cine

El romanticismo de Wong Kar Wai

Chungking Express se rodó en dos semanas porque, a veces, la genialidad es urgente. Urgente como un vuelo que no espera a nadie, pero también improvisada. Improvisada como la idea de leer una carta que no es tuya, y también emocional. Emocional como decidir allanar una casa ajena, curarla de su pena, consolar a las toallas, hablar con los peluches. El pensamiento es el mayor enemigo del arte; racionalizar lo emocional va contra natura. A veces hay que dejarse llevar, no permitir cuestionar lo que se ve, lo que se escucha y lo que se siente.

En los próximos párrafos habrá spoilers de Chungking Express, pero creedme cuando os digo que, en lo referente a esta película, no es tanto el final como el trayecto. A nadie le chafará la experiencia leer esta columna, en mi opinión. De cualquier modo, estáis avisadas/os.

Cuando estoy triste veo Chungking Express, y la empiezo una vez pasada su primera media hora. No es que invalide lo que el director quiso hacer con esos cuarenta minutos iniciales. Entrelazar dos historias es algo que se lleva haciendo desde que el arte es arte. En esta ocasión, consistió en subvertir expectativas. “Estoy seguro de que quieres saber lo que pasa con esta pareja, con el agente 223 (¿o era el 663?) y esa femme fatale con peluca rubia”, parece decirnos a modo de burla. El pacto ficcional es un trato que se hace con el espectador. “No te voy a contar esto todavía, pero te prometo que si te quedas lo acabarás sabiendo”, parecen decirnos los creativos que saben lo que hacen. Por eso es una genialidad que Wong Kar Wai rompa con ello, que pasada media hora de Chungking Express no volvamos a saber nada del agente 663 (¿o era el 223?) y esa femme fatale con peluca rubia. Que la verdadera película empiece tras un preludio de dos mil cuatrocientos segundos.

El mercado está abarrotado: un día más en Tsim Sha Tsui, corazón de Hong Kong. “Es un trabajo duro para ti”, dice el agente 633, cargando un cesto con apuro. “Todos los trabajos son iguales”, responde Faye, mientras juega con la gorra del policía. “¿Por qué cogiste este empleo?”, pregunta el agente, con interés genuino. “Quiero ahorrar dinero”, dice, risueña. “¿Para estudiar?” Faye se ríe. “No, nunca he pensado en eso. Quiero disfrutar de la vida”. Lo reconozco: tengo debilidad por los personajes como Faye. La Luna busca irremediablemente el calor del Sol y yo, el ímpetu de una persona que verbalice lo que yo no me atrevo a decir en voz alta.

Pero no es solo Faye Wong, que pone voz a la maravillosa versión china de Dreams, lo que me atrapa de Chungking Express. Si tuviera que quedarme con algo que me inspire, como ese escritor que todavía no soy, pero que espero ser algún día, es su romanticismo. No me refiero a historias de amor, sino al Romanticismo como movimiento artístico. Es lo que escribía en Conocer el hielo, y lo que representaba Sofia Coppola en Lost in Translation: lo sublime. La concepción de la naturaleza, de nuestro entorno, como algo mucho más grande y poderoso que nosotros mismos; el eclipse que hace el contexto sobre nuestra propia existencia, pues la individualidad es frágil e insignificante. Así, los románticos hacían del ambiente el verdadero protagonista; una representación en lo inabarcable de sentimientos y emociones mundanas.

Wong Kar Wai hace exactamente lo mismo.

Ella se había ido, ahora quizás para siempre, y la casa estaba vacía, vacía como antes. “Desde que se marchó, toda la casa se ha vuelto triste. Todas las noches tengo que consolar a los que dejó”, dice el agente 633 para sí mismo. “¿Te das cuenta de lo que has adelgazado? Eras preciosa y gordinflona. Debes tener confianza en ti misma”, replica con ojos vidriosos a una pastilla de jabón en las últimas. “Te dije que no lloraras. ¿Cuándo vas a dejar de llorar? Hay que ser fuerte y duro. Mírate. Estás andrajoso, ni te mantienes en pie”, alecciona a un trapo mojado. “No te enfades con ella. Todos tenemos nuestros momentos de duda. Dale una oportunidad”, le dice a su oso de peluche mientras lo cepilla.

La relación entre el agente 633 y Faye no llega a consumarse durante el transcurso de la película, pero no hace falta. La imagen de Faye curando emocionalmente al agente se representa en sus allanamientos; visitas furtivas que realiza a la casa del segundo en las que la limpia, la ordena y hasta consuela a sus peluches. ¿Por qué conformarse con la típica y explícita historia de amor —si es que esto puede llamarse amor— cuando puedes representarla a través del entorno? Cuando puedes ser un verdadero romántico; mucho más, desde luego, que aquellos que en su vanidad se lo consideran.

No puedo irme sin escribir sobre la música, sobre esas canciones tan cuidadosamente elegidas que se repiten una y otra vez. Es como si el director estuviese intentando que algo calase en nosotros a base de fuerza. Decía Wong Kar Wai que incluye en sus películas la música con la que él creció, y que con frecuencia abarcaba tonadas latinas: Nat King Cole, Caetano Veloso, Xavier Cugat, Jorge Valdez y un largo etcétera de artistas que, para mí, han tomado un significado mayor. Y es que la música gana peso cuando lo que se refleja en pantalla la acompaña, y viceversa. Jamás alcanzaré a entender cómo generar una edición tan perfecta entre imagen y sonido para que todo encaje, pero eso no me impide valorar lo que consigue, pues lo que consigue es pura emoción.

El caso es que, después de muchos años, Wong Kar Wai —cuya filmografía se estrenó cuando yo aún no había nacido— me a hecho reconectar con las historias de amor. Y lo ha hecho con una representación abierta, honesta y holística de las relaciones. En sus películas podemos encontrar desde la pasión hasta el desengaño, pasando por el interés no correspondido, los romances temporales y las emociones tan ambivalentes que sentimos todos. «El amor es un invento creado en el siglo XIV, en época de guerras, peste y miseria, para embaucar a la gente en que siguieran teniendo hijos». La realidad es que las relaciones son complicadas y el mal llamado amor tiene muchas caras. Ya era hora que llegara un director con la valentía suficiente para tratar todas ellas, desde la sinceridad un guiones impecablemente construidos y el mimo de una estética de otro plano. Uno que trasciende al nuestro: a la existencia y a lo mundano. Una esquirla de lo sublime.

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