Videojuegos

Uno más uno

Crear relaciones no es fácil. Mucho menos, mantenerlas. Decía Gabriel García Márquez que la vejez requiere de un pacto honesto con la soledad. Yo no me considero viejo, desde luego, pero sí he llegado a ese punto en que he dejado de crecer para empezar a hacerme mayor. Growing up is getting old. El resultado es que mi entorno ha empequeñecido, lo cual resulta paradigmático, pues sigo viviendo en Salamanca, donde nací hace más de veinticinco años. El mundo es el mismo, pero hay menos en él. Yo no soy el mismo, y eso tampoco ayuda. En realidad, no me importa demasiado. Cada vez estoy más a gusto solo. Lleno. Completo. Sin necesidad de tapar agujeros. La alternativa es trabajo; un esfuerzo vano en ocasiones. Como digo, crear relaciones no es fácil.

En toda regla hay excepciones, claro. Y cuando las reglas las crea uno mismo, como en el arte, los mecanismos de la realidad se vuelven fútiles. A la hora de escribir una obra, uno puede diseccionar las relaciones para escoger solo las partes que mejor convengan. Si esa reconstrucción se logra con cierta maestría, dicha escritora o escritor podrá tener entre manos hasta la más orgánica de las relaciones, esas que se dan con cada paso de un cometa. No son imposibles, solo absurdamente improbables. Me refiero a ese tipo de conexión automática con una persona desconocida. Haced el trabajo mental de recordar. Todos las hemos vivido alguna vez, o al menos hemos tenido la sensación de haberlas experimentado. No os preocupéis, me sirven los recuerdos distorsionados. ¿Recordáis de lo que hablasteis en ese primer día mágico? Ya os lo digo yo: de nada. No fue el qué, sino el cómo. Un diálogo más parecido a un baile. Algo como:

“Todos aceptan este trabajo para huir de algo. ¿Cuál es tu motivo?” Henry apenas había mediado palabra con Delilah. “¿Cuál es el tuyo?” Respondió, molesto. “Buena idea. Adelante”. Dijo ella, en tono divertido. “¿Y después puedo irme a dormir? ¿Para siempre?” Pese a todo lo que le había ocurrido, Henry no dejaba pasar una oportunidad para el sarcasmo. “Por supuesto. Venga”, dijo Delilah, con sorna. “Vale. Probablemente estés aquí porque nadie puede aguantarte en casa. Lo cual, tras esta breve presentación, no me resulta extraño”. “Uf. Supondré que estás cansado y malhumorado. De acuerdo, es mi turno”. “Vale. Buenas noches. Adiós”. Dijo él, sin dejar que terminara la frase. “Creo que te has cansado de tu trabajo y has decidido escribir una novela. Es el tipo de motivo de mierda por el que un hombre vendría al bosque”. Desde luego, había sabido responder. “Buenas noches”. “Bienvenido al trabajo”.

Firewatch rezuma carisma. Tiene tanta personalidad en su historia como atractivo en sus diálogos, un equilibrio increíblemente difícil de conseguir. ¿Cómo hacer para mantener la organicidad en lo que se dice, sin que el propio guion se apodere de ello? La magia del título de Campo Santo es que los personajes no están al servicio de la historia; los hechos ocurren, y Henry y Delilah reaccionan a ellos como podríamos hacerlo tú y yo. Es una genialidad, como lo es utilizar el tropo del comienzo rocoso sin que parezca… Bueno, un tropo. Firewatch elige hacer de la relación entre sus personajes el verdadero punto central de la obra, sabiendo de antemano que la «química» es sinónimo de naturalidad y detalles. Las inspiradísimas actuaciones de voz también ayudan, lo que me recuerda al primer día de otra pareja.

“No te separes de mí”. Dijo Cloud. “Qué galán”. Respondió Aeris. Habían conseguido despistar por los pelos a Reno y sus soldados. “Oye… ¿Qué vas a hacer ahora?” Preguntó ella. “Hacer de guardaespaldas”. Aeris le había hecho prometer que la protegería, a cambio de una cita. “Después, volveré a la barriada del sector 7”. “¿Sabes cómo llegar?” “Sí”. Respondió Cloud de forma seca, marca de la casa. “Seguro que sí”. Huida compartida de por medio, la confianza era un paso demasiado grande, por el momento. “¿Por qué te buscaba un Turco?” Preguntó él. “A lo mejor opina que, con mi talento, ¡podría ser la mejor soldado de la historia!” Cloud se quedó mirando a la florista. “Vamos a dejarlo”. Casi habían llegado a la superficie, después de su paseo por los tejados del sector 5. Cloud saltó el último desnivel sin dificultad. Aeris, a lo alto, no parecía tan confiada. “¿Estás bien?” “¡Claro!” Dijo ella, justo antes de resbalar para acabar siendo agarrada por el propio Cloud. “Mi héroe”. Dijo, con entusiasmo fingido. “Contigo no hay quien se aburra”. Replicó él. “¿Eso es un piropo?” “No exageres”

He transcrito los diálogos de Final Fantasy VII Remake, y no los del original, por motivos obvios —no solo concernientes a aquella infame traducción—. Lo menos malo de que una sección de seis horas en 1997 dure más de cuarenta en 2020 es que la nueva versión se toma su tiempo para respirar. La sección de Cloud y Aeris en los tejados del sector 5 es mi favorita de toda la obra por esto mismo. Al igual que ocurre con la comida, las mejores relaciones son las que se cocinan a fuego lento, sin prisas y con la naturalidad de una conversación cualquiera. A lo largo de estos mismos diez minutos, los personajes comparten también un intercambio profundo acerca de salir y conocer mundo, pero de ningún modo recuerdo ese diálogo por encima de las demás frases tontas. Al final, parece que crear relaciones sobre el papel no es tan difícil; no más que una batalla espacial o una pelea entre magos. El arte tiene el poder de convertir en verosímil hasta lo más fantasioso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s