Reflexiones

Aprendiendo a soltar

No sé si seguir con Final Fantasy XV. Últimamente tengo claras muy pocas cosas. La ansiedad ha vuelto, como una invitada indeseada para la que las puertas de mi casa siempre están abiertas. Me vanaglorio de lo bien que aguanto la presión. Las consecuencias vienen después porque la colada hay que tenderla y las emociones, gestionarlas. La depresión acostumbra a llegar tarde.

El otro día logré completar una sesión de dos horas en la entrega protagonizada por Noctis y compañía. Me di cuenta de que hacía muchos días que no jugaba a nada, y eso me estaba pasando factura. No por el juego en sí, sino por no dejarme espacio ni tiempo para respirar. Han sido semanas muy intensas, que no necesariamente negativas, para variar. Y cuando una obra, como Final Fantasy XV, requiere de mi esfuerzo para continuarla en un momento en que lo que más necesito son mimos y que no me toquen los cojones, empiezan los problemas.

Comienzo a entender cómo funciona la experimentación del arte. No todas las obras pueden ser ese libro, esa película, ese juego. Incluso en sus gradientes: ni siquiera cualquier título llega usualmente a ser aceptable, de siete, por dar una nota, que es lo más parecido a poner puertas al campo o cercos al mar. No necesito que pienses en esa obra porque ya lo estás haciendo. A poca consumición de cultura, hay una creación que se hace con un lugar privilegiado en la memoria. Varias, por lo general. The Last of Us, Steins Gate, Firefly, Matrix, Nacidos de la bruma, Star Wars, Life is Strange, Cien años de soledad, Mi vecino Totoro, Firewatch, Avatar: La leyenda de Aang, Final Fantasy VII y su remake, Toradora, Dune… Ninguna de ellas requirió nada de mí. Me atraparon, como el frescor de una brizna en verano. Un bálsamo para el dolor constante.

Por eso entro en frustración cuando una obra me exige. Es posible que debiera tener más paciencia; a veces cultivarla ha dado sus frutos. Pero estamos hablando de cultura, de esparcimiento. Y no me enfado con la obra, sino conmigo mismo. Con mi incapacidad de soltar lo que no debería costar trabajo mantener. Con sentirme en deuda hacia ese objeto inanimado que copa un icono en mi escritorio. «¿Qué dirá de mí si lo dejo ahora?» «Nunca consigo terminar nada» «Quiero poder hablar de esta obra con conciencia de causa». El elitismo tomó el arte desde su génesis, y hoy en día el conocimiento sobre la cultura parece formar parte de la rueda interminable e inútil del estatus.

El caso es que no debería requerir tanto de nosotros: ni mantener, ni soltar. Supongo que algo tiene que ver la cultura del apego. La relación media, promocionada por el propio arte durante las últimas décadas, es tóxica por definición. El amor ya no requiere de compromiso, sino de lealtad. Cortar con una persona —sea o no pareja— ha pasado de ser un cambio a una traición, si es que en algún momento se consideró lo primero. No sabemos terminar y el entorno es de los extremos: izquierda y derecha, norte y sur, amor y odio. Soy el primero que, en ciertos temas, defenderá la polarización como criticará la equidistancia. Para la mayoría de cosas, no es tan fácil. El gris puebla el mundo, pero nos empeñamos en redondearlo a un negro sucio o un blanco pulcro.

Así, resulta imposible jugar a un título durante diez horas y decidir dejarlo, puede que esperando a ese momento en que sí estemos en el humor adecuado, o para siempre, quizás. Abandonar un libro a las cincuenta páginas si cada vez que lo cogemos de la mesita de noche parezca pesar más. Cortar una película a medias, levantándonos del cine si hiciera falta, en el caso de que no cumpla la más mínima de nuestras expectativas, ni sea merecedora de nuestro tiempo.

Es deshonroso y de estrecho calado moral saltar de obra en obra como en el juego de la Oca, escuchar siempre las mismas listas en Spotify porque lo único que me apetece ahora es tener de fondo a Victoria Georgieva, opinar en tertulias formales e informales con la información que tengo y no tratar de mentir sobre lo cultivado que estoy en absolutamente todas las artes. Sin duda, es inconcebible abordar el arte desde la relajación que ofrece su esparcimiento. Desde el objetivo original de distraer. Fuera del elitismo en el que pronto se englobará hasta el aire que respiro.

¿Verdad?

2 comentarios en “Aprendiendo a soltar”

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