Reflexiones, Videojuegos

Somos monstruos

Nunca creí que fuera a rejugar The Last of Us Parte II. No me fustigo; he creído en muchas cosas en las que estaba equivocado. Los humanos somos absolutamente falibles a la hora de predecir el futuro a base de sensaciones. Tampoco es un secreto que la secuela de mi juego favorito me dejó devastado, en su momento. En realidad, se juntó todo; una fase final demasiado larga y jugada con prisas, el post confinamiento, un verano poco agradable, etc. Y es que, si la primera entrega me dejó con el poso de poder encontrar la esperanza, al precio que sea, la segunda me confirmó lo que ya sabía: la vida es una jungla poblada por monstruos.

Me he embarcado de nuevo en una de las historias más crudas jamás contadas en un videojuego porque vivimos tiempos crudos. No es que el mundo haya cambiado —ni siquiera una pandemia lo ha conseguido—. Lo grave es que sigue siendo el mismo. Lo urgente es que yo, al menos, soy más consciente de ello que nunca. El caso de Simone Biles nos recuerda que no es sostenible basar un sistema en la competición constante, pero la realidad es que solamente parecemos cooperar para competir con más y mejores herramientas.

Aquí entra algo sobre lo que ya he hablado otras veces, puede que no en este blog. El efecto Lucifer que, acuñado por el psicólogo Phillip Zimbardo a lo largo del siglo pasado, defiende el potencial latente en todos nosotros por cometer atrocidades. En otras palabras, el ser humano puede llegar a ser un monstruo por mero código genético, uno tan ancestral e incrustado que cuando nos logremos deshacer de él —si eso llegara a ocurrir— podremos debatir hasta qué punto seguimos siendo la misma especie que hoy puebla este maltrecho planeta.

Me sorprende y me agrada cómo el género zombi ha sabido recoger esta inquietud. Lo que a priori pudiera parecer carne de serie B ha evolucionado hasta un punto en que podemos encontrar historias magistrales en lo posapocalíptico. A saber, las primeras temporadas de The Walking Dead, La carretera —otra obra que brilla envenenada por su crudeza— o el propio The Last of Us. Entiendo como nunca en este último caso el apelativo “Parte II” para su secuela. La obra original, desde luego, no necesitaba necesitaba una continuación, pero dejaba la trama lo suficientemente abierta como para seguir contando. Escribía hace algunas líneas del leitmotiv de la esperanza a cualquier precio, cernido como una fragancia embelesante a lo largo y ancho del primer juego. El único problema con ello, a nivel diegético, es que la cuenta siempre hay que pagarla.

Las dos partes de The Last of Us son una, pues comparten temática: la pérdida. Lo que cambia es aquello que los angloparlantes llaman “controlling idea“; la ya doblemente mencionada esperanza a cualquier precio, en un principio, y el círculo de violencia representado en la venganza, después. Creo que aquí se mezcla todo. La competitividad del sistema, la falta normativa de inteligencia emocional y ese peligrosísimo potencial por realizar hasta los actos más innombrables. Estoy seguro de que muchos no conectamos con la segunda parte de la bilogía de Naughty Dog porque nos mostraba una cara tan cruda e innegable, a la vez, de la realidad, que la única respuesta esperable era el rechazo.

El mismo tema, la pérdida, en dos catarsis diferentes; dos caras de la maldad más brutal. En el caso de Joel, asesinatos a sangre fría, mentiras, manipulación y la hipoteca de la humanidad, con el único objetivo de poder empezar de nuevo. La Meca del egoísmo, pero cómo no empatizar. En el caso de Ellie, la entrada en un pozo autodestructivo de venganza para hacer del dolor una experiencia menos insoportable, sin llegar a dar su vida a cambio, pero con marcas resultantes que bien podrían hacer del después un infierno todavía más abrasador. Dos extremos. Dos formas tan contrarias como erróneas de lidiar con la única noble verdad de ese mundo y el nuestro, el sufrimiento.

El sistema dominante nos invita a echar el ancla en los traumas, las disputas, las relaciones tóxicas… Luchar contra ello como si fuera el enemigo, que se convierte en la historia de nunca acabar, porque dicho enemigo no existe —los encontronazos, cuanto más hondos, más hacia dentro es la respuesta—. Vernos a nosotros mismos, y a los demás, con los ojos de un rival. Hay que saber ser responsable, por un lado, pero también saber pasar página. Todos somos monstruos, y lo hemos demostrado en algún momento de nuestras vidas, pero también podemos ser mejores. Joel y Ellie lo tenían más complicado que nadie. Nosotros lo tenemos algo más fácil, y contamos con su historia para aprender de sus errores. Encontrarnos quizás donde ellos acabaron por perderse.

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