Literatura

Hacer algo «muy» bien

Por fin he logrado tomar el coraje para escribir de verdad. No es como si este tipo de textos contaran en balde, y tampoco implica que los vaya a desechar —disfruto como un niño de las columnas—. Sea por programación de nuestro entorno o por rasgos de personalidad, siempre encuentro pretensiones en casi todo lo que hacemos. En mi caso, escribir viene con la intención bajo su brazo de convertirme en escritor, algo que sin embargo ya me considero, pues no encuentro necesario escribir literatura —signifique lo que signifique— para merecer el título. Es complicado. Pese a esa convicción, resulta vergonzoso presentarme como tal, y quizá por ello busco cotas más altas. La literatura es un arte extremadamente complejo en su expresión más elevada, como no podía ser de otra forma, y sigo indagando en la clave del éxito. Una que creo haber encontrado.

Ahora que, por suerte para mi salud física y por desgracia para mi salud mental, no estoy trabajando, mi rutina se resume en estudiar y plasmar; investigo por las mañanas, practico por las tardes; leo entrevistas, asisto a clases, aprendo teoría, y solo después escribo. La complejidad en la técnica de cualquier arte es abrumadora, y siempre he pensado que si vas a hacer algo, al menos hazlo bien. Muy bien. Solo rozando la excelencia en algún punto conseguirás que una obra funcione. Es algo de lo que me he dado cuenta jugando a la saga Fallout, una serie de títulos (a partir de la tercera entrega) toscos y obtusos, pero con una ambientación y un carisma por los que es difícil no caer rendido. Algo que he advertido viendo Cowboy Bebop, una serie desorganizada en su narrativa y pesada por momentos, pero con un encanto, una atmósfera y un tono abrumadores. Algo que he comprobado en Nacidos de la bruma, de escenas de acción confusas y una imperfección crónica en el ritmo, pero dotada de una imaginería única.

A propósito este último título, Brandon Sanderson se ha convertido en mi mentor de cabecera. No es que apunte a escribir grandes obras de fantasía épica, intrincadas hasta lo enfermizo, rocambolescas en ocasiones. Sinceramente, no tengo claro lo que quiero escribir, pero he tomado su grandísima generosidad al publicar las clases de escritura creativa que imparte en la Universidad Brigham Young como una suerte de señal divina. La realidad es que lo importante reside no solo en fijarse en aquellos autores que nos emocionan, inspiran y regocijan —aunque este también sea el caso—, sino en el proceso creativo como travesía que todo autor debe recorrer invariablemente.

Por un lado, interviene la técnica. Independientemente de nuestras preferencias por unos u otros géneros, el dominio de una técnica resulta innegable para casi cualquier artista que alcanza el foco. Y la técnica son matemáticas. Es ciencia en términos de esquemas, reglas, diagramas de flujo, abecedarios y tablas periódicas. Métodos, al fin y al cabo. Bases sobre las que erigir algo más grande. Sin eso, solo queda confiar en el talento puro, en la genialidad nata, si es que existe. El resto de los mortales nos vemos obligados a apoyarnos en sistemas para aumentar nuestras ya de por sí pequeñas probabilidades de éxito. Y el procedimiento puede ser la ausencia de tal; los escritores descubridores, como Stephen King o George R. R. Martin, así lo prueban. En fin, hacer uso de una guía en pos de crear algo realmente bueno, excelente, que roce la perfección, aunque solo sea en una de sus partes.

Vuelvo a Brandon Sanderson y a sus mundos imposibles, a su mitología de ensueño. También a sus personajes secundarios olvidables, a su extraño entendimiento de las relaciones románticas. Y lo que pienso es que lo bueno, lo muy bueno, acaba por enmascarar lo no tan bueno. Me gustaría hacer hincapié en aquello de no tan bueno, lejos en categoría de lo desechable. Ninguna obra alcanza la relevancia de Nacidos de la bruma, ni ningún autor el éxito de Sanderson, sin culminar una obra competente y equilibrada en todos sus aspectos. La chispa de lo genial, repito hasta la saciedad, reside en elevar uno de esos aspectos, a saber: escribir el personaje más identificable, el mundo más imaginativo, el tono más emocionante, la ambientación más atrapante o la acción más vibrante. Nada de ello puede estar mal, o no funcionará, pero algo debe estar muy bien, y solo así quizás funcione.

Leo ahora El camino de los reyes, primer libro de su saga magna El archivo de las tormentas, que abre con la genial frase: “Szeth-hijo-hijo-Vallano, Sinverdad de Shinovar, vestía de blanco el día que iba a matar a un rey” y pienso en el pulido extremo de una fórmula. Sin haber llegado más allá, y únicamente con lo que sé sobre esta serie, entiendo el por qué de tanto revuelo. Y me da esperanzas, pues en sus líneas, en sus entrevistas, en sus clases creo estar exprimiendo una mínima parte de la esencia que le llevó a ser publicado, por fin, después de trece intentos. El éxito es esquivo y nunca está asegurado. Solo podemos atender a lo que está dentro de nuestro control. Yo, por mi parte, seguiré escribiendo en búsqueda de esa perfección, intentando emular a Ícaro sin su fatídico final, siempre a hombros de los gigantes que me precedieron.

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