Cine, Literatura

Lost in Transcription

Vivimos en la era de las adaptaciones. Una época que se remonta al tiempo más lejano que cualquiera de nosotros pueda recordar. La Ben-Hur de 1959, Trainspotting, El señor de los Anillos. Algunas de las mayores obras del cine vieron su génesis en formato escrito, pues el buen arte llama a ser expresado en todos los medios posibles. Una quimera, no obstante, pues el secreto de ese “buen arte” es sacar el mayor partido posible al medio en que se concibió originalmente. Quizás por ello las obras de H. P. Lovecraft o Stephen King —salvo excepciones— nunca han encontrado en el cine o los videojuegos la misma esencia que en el papel. Con Isaac Asimov y Frank Herbert ha pasado históricamente algo parecido; el legado de obras tan inabarcables y únicas que nadie había conseguido captar en cámara o código. Hasta ahora.

Vivimos en un tiempo en que incluso Star Wars parece que va a tener sus primeras adaptaciones, más libres y de filosofía totalmente distinta, pero adaptaciones, al fin y al cabo. Y lo que más me fascina de estas empresas titánicas, en ocasiones más difíciles de hilvanar que cualquier proyecto original, no es lo que el cine pide en añadidura, sino lo que el contenido primigenio demanda suprimir. Pues no todo lo que se pierde en las transcripciones es lastimoso. A veces, la mejor forma de ser fiel es dejar ir.

Dune es único. Un soplo de aire a la ciencia ficción que se siente fresco todavía, cincuenta años después. Tan innovador que su manuscrito fue rechazado por casi veinte editoriales. Tan rompedor que se convirtió en un éxito instantáneo en cuanto los primeros ejemplares —publicados por un editor inicialmente dedicado a manuales de reparación de automóviles— llegaron a manos de críticos y aficionados. Veinte años después, David Lynch buscaría triunfar donde Alejandro Jodorowsky no pudo, en la aparentemente imposible tarea de adaptar la obra al cine. Donde Lynch acertó a la hora de captar la iconografía tan particular de la novela, fracasó estrepitosamente en guion, montaje y efectos especiales. Aquel intento sí fue un descalabro en cuanto a crítica y recepción, puede que motivado por las hordas de espectadores que esperaban ver un nuevo Star Wars y se encontraron con un filme inferior en todos los aspectos, pese a contar con tres veces más presupuesto.

Una decepción que se convirtió en advertencia para productoras y cineastas, que comenzaron a tachar Dune como un proyecto maldito. Una adaptación verdaderamente imposible, al menos según los estándares de la época. Y puede que ese fuera el error: la ambición. Creerse adelantado a un tiempo que acaba por atropellarte. El propio Denis Villeneuve admitía que su recientemente estrenada obra magna había sido el reto más desafiante de su carrera como director: “No podía haber hecho justicia a Dune hace una década, sin la experiencia que me dieron películas como La llegada o Blade Runner 2049.” Es importante recalcar dónde y por qué Villeneuve parece haber conseguido lo imposible. Por qué su Dune no es, pero se siente tan fiel a la obra de Herbert. “Les dije que se ciñeran a las descripciones del libro. Me gustaría que los aficionados sintieran que he puesto una cámara en sus cabezas. Es todo un halago cuando me dicen que reconocen el gusto y la poesía del libro.” Trabajo de transformación, y más allá. Lo que el argumento pierde en complejidad, lo gana en atractivo. Lo que la ambientación pierde en misticismo, lo gana en magnitud. Lo que los personajes pierden en contenido, lo ganan en carisma. Al final, la clave estaba en acertar con un continuo intercambio equivalente.

Fundación, al igual que su creador, sí que podría entrar en el exclusivo elenco de arte exitosamente adelantado a su era. Hace algunas semanas, cuando comencé a releer la trilogía que recibiera el primer premio Hugo a la mejor serie de ciencia ficción, no pude por menos que advertir lo actual que se sentía. La ecumenópolis de Coruscant que me fascinó hace apenas veinte años, en Star Wars: La amenaza fantasma, ya había sido plasmada en tinta por Isaac Asimov sesenta años antes, previa a la carrera espacial y a un ideario colectivo que aceptara estas imágenes. Una iconografía imposible para la época y la promesa de una ciencia ficticia que aventuraba la caída de un imperio ya inconcebible en su creación, pero mucho más en su ruina. Una obra demasiado grande y ambiciosa, que mide los años por centenares y los personajes por decenas, pues en realidad actúa como un reflejo de la historia de la humanidad. Una saga megalodónica, planteada ahora para televisión en forma de ocho temporadas y 80 capítulos, que parece ir en contra de la especificidad por la que se rige la cultura audiovisual contemporánea.

“Traté de identificar los temas que eran más importantes para Fundación. Hice una lista de condiciones: mantener la tecnología simple, las siluetas memorables y los conflictos identificables. Una vez conseguidas, el reto era convertir esos libros tan filosóficos, sobre ideas y debates, en algo emocional”, afirma David S. Goyer (Blade, Dark City, El caballero oscuro), creador de la serie. La realidad es que Asimov era, antes que nada, divulgador histórico y científico, y se nota. Por mucho que lo admire a él y a su obra, sigue sin ser la excepción que confirme que existe un escritor total. Su inspiradísimas líneas en cuanto a creación de mundo y argumento chocan con unos personajes planos —simples vehículos para verbalizar la historia— y una acción inexistente. “Me quería asegurar de que las historias funcionaran a un nivel puramente dramático, incluso despojadas de la ambientación. Si la serie iba a funcionar sería por atraer de forma general, más allá de especiales seguidores de la ciencia ficción o de Asimov.” Con solo tres episodios estrenados a día de la publicación de este texto, y aun con sus detractores, podría afirmarse con cierta seguridad que la adaptación funciona. Una satisfacción inherente al metraje que nace de dotar de humanidad a personajes como Hari Seldon, Gaal Dornick o Salvor Hardin. De aterrizar el guion a las sensibilidades y los temas de una actualidad que no es la de los años cuarenta. De haber sabido perder por el camino la grandilocuencia en pos de una obra manejable, pero siempre con cuidado de mantener los aspectos de la saga que dotaron a la palabra fascinación de un nuevo significado.

Star Wars: Visions, por su parte, supone la última, más libre y especial de la miríada de adaptaciones cuyo estreno ha confluido en el pasado mes de septiembre. El traslado de unas ideas, unas imágenes y unos temas tan antiguos como el propio arte, y que para la cultura contemporánea encontraron su culmen en 1977, con el estreno de Star Wars. Una imaginación del universo de George Lucas por parte de estudios de animación japoneses, sin atender al canon y con toda la autonomía posible para los creativos. Una vuelta a los orígenes, ya que el propio Lucas tomó el cine japonés de samuráis como una de sus grandes influencias. Vaya por delante que no nos encontramos ante unos cortos perfectos, más que una exploración interesante. Un experimento necesario, que demanda al espectador ser muy consciente, y quizás estar familiarizado, con la narrativa del anime japonés —planos cortos y sostenidos, sobreexposición, ritmo lento intercalado con acción desmesurada—.

En la hilera de nueve capítulos inconexos encontraremos desde los argumentos más atrevidos hasta los más familiares. Un aspecto que, en mi opinión, es su mayor flaqueza, pues no logro ver que los estudios —algunos renombrados— hayan sabido captar la esencia del relato corto en sus pequeños espacios de apenas veinte minutos. Como si estar tan acostumbrados a guiones largos les hubiese limitado a la hora de condensar una historia que no debería ser el planteamiento, parte del nudo o el desenlace de una mayor. Puede que sea cuestión de elitismo o ambición; el convencimiento, en su vanidad, de que trabajar en Star Wars merecía algo más que un OVA. Es posible que sea percepción personal, pues siempre he sentido predilección por las historias pequeñas, humildes y recogidas, y quizá por eso me quede con The Duel, The Village Bride o Akakiri, y rechace otros como The Twins, Loop and Ochō o The Ninth Jedi. La variable independiente, sin embargo, la encontramos en los diseños visual y sonoro, sobresalientes por norma. El mayor atractivo de cara a espectador y el mérito más grande por parte de los estudios, que vuelven a probar cómo el canon audiovisual y narrativo solamente deben ser una herramienta en la que apoyarse, o no. Que a veces hay que perder para adaptar.

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